IV. VARANASI Y AMRITSAR

VARANASI, SARNATH Y AMRITSAR

 

Febrero de 2014

Varanasi y el Ganges

VARANASI O BENARES

 

Recordemos que Varanasi o Benarés, como la conocemos los europeos, es la famosa ciudad hinduista por excelencia a orillas del mítico río Ganges, la más importante del poblado Estado de Uttar Pradesh, uno de los mayores de la India y del que ya me extendí sobradamente en el capitulo I de este diario, cuando ya hace varios días visitamos otra de sus ciudades más importantes, Agra, en el borde Occidental; conocida primordialmente porque el emperador mogol Shah Jahan construyó a su esposa favorita Mumtaz, el mundialmente conocido Taj Mahal a orillas del Yamuna.

 

Pero volvamos a nuestro destino, quizás el mito cultural para toda aquella generación occidental, que como nosotros nació en la década de los cincuenta del siglo pasado, tan ligada a la meditación, a Oriente y al hipismo. Siempre fue Benarés un lugar de obligada visita en nuestras vidas y por fin lo cumplimos.

 

Eran algo más de las tres cuando nos encontrábamos en las cintas del aeropuerto “Lal Bahadur Shastri”; fuera nos esperaba el autobús que nos movería en aquellos últimos días de viaje.

 

Queda algo menos de 20 kilómetros de tránsito por la NH56 hasta nuestro destino en esta populosa ciudad al Sureste del estado, que lejos queda ya Agra, en el extremo opuesto. Tanto el aeropuerto como el acogedor hotel “Ideal Tower" se encuentran al Noroeste de un abigarrado casco histórico. Circulamos por la carretera nacional que une la capital de Uttar, Lucknow con Varanasi; es curioso pero destacan, anunciadas como si fuesen industrias, grandes instalaciones educativas, algunos carteles nos avisan de la presencia del Instituto Tecnológico de la Marina Asha, de la Escuela de Hostelería y Negocios Sams o del Inter College Raghav Ram Verma, salpicando el territorio. Al final del recorrido cruzamos las zonas residenciales del extrarradio, mejores y peores, predominando afortunadamente las primeras a medida que nos acercamos al mítico Benarés; siento como si llegara a un destino durante años deseado. El trayecto, como casi todos los trasiegos por carretera en la India, es tedioso y el denso tráfico provoca que dure siempre más de lo que nos anuncian. Marco aprovecha, micrófono en mano, para informarnos sobre lo que tenía preparado para la tarde−noche. Descansaremos lo mínimo, lo suficiente para organizar un poco el equipaje y refrescarnos. Vuelve a animarnos con su propia pasión y con un verso vibrante nos dice: «esta ciudad a orillas del Ganges es una de las más antiguas del mundo; para los muchos hindúes que la habitan es un lugar de una trascendencia que se inhala en el ambiente, ya he estado aquí varias veces y no me cansaré nunca de disfrutarla». Termina rogándonos puntualidad; nos encontraríamos en el jardín delantero del hotel a las cinco, y nos recuerda: «así que si llegáis un poco antes mejor».

cruce de Bulanal Maidagin Road Lahurabir y Luxa

Como era de esperar allí estábamos todos antes de tiempo; Marco negoció con uno de los conductores de auto rickshaws apostados en la acera frente al hotel y por treinta rupias cabeza, algo menos de medio euro, cuatro vehículos nos acercaron al grupo completo hasta un lugar parecido a una plaza. Nos bajamos en el cruce de las calles Bulanal Maidagin Road, Lahurabir y Luxa, reconocible por que en una de sus esquinas se encuentra la humilde iglesia pentecostal del siglo XIX, Santo Tomás, para más señas: neogótica, pintada de amarillo vainilla y en la que destacan su pináculos y carpinterías blancas.

 

Agarrados a las barras de las capotas de los pequeños isocarros recorrimos los endiablados cinco kilómetros que nos acercarían al centro; calles atestadas de tráfico, todo tipo vehículos, grandes y pequeños, rickshaws de tracción mecánica y animal, bicicletas, peatones y vacas, muchas vacas. Comenzamos a caminar desde ese extraño y concurrido espacio abierto en el que se cruzaba todo el mundo en aparente desorden, en el que extrañamente y como era previsible, los más desorientados éramos nosotros. Desde el principio de Bulanal Maidagin nos pusimos en fila india, nunca mejor dicho, era tal la cantidad de gente que apenas dejaban ver el suelo. La sensación de quedarse extraviado en aquel lugar avivaba los sentidos, no perdía con la mirada al compañero que llevaba delante, y Francisca me cogía la mano con la misma sensación.

 

Afortunadamente había tramos donde el flujo se relajaba y la sensación estresante se amortiguaba. Marco propuso una parada para tomar un rico lassi: «en este pequeño local (al que nos acercábamos) sirven unos vasos de batido exquisito recién hecho». Aunque he probado unos sorbos de esta tradicional bebida india que se prepara como yogur líquido y que dicen es ideal para saciar la sed, no, no me gusta. Aún recuerdo en el viaje a la India del Sur a una compañera barcelonesa que era una verdadera forofa y siempre pedía que se lo preparasen de una forma distinta; generalmente es dulce, a veces lo mezclan con el abundante mango, papaya o plátano. En algunos hoteles los he llegado a ver salados, condimentados con todo tipo especias, parecido al té masala. Todos tomaron al menos un vaso, Ander y Marco incluso repitieron, y es que además son muy baratos; quién no tomaría por quince céntimos (diez rupias) un delicioso batido callejero. Yo, mientras tanto me dedicaba a lo mío, observar las construcciones. Las fachadas a la calle son todas de tres plantas, edificios con un inevitable sabor colonial, balcones corridos, ventanas, cierros y cubiertas planas en cuyas cornisas se divisan algunos macacos rubios, perfiles móviles recortados por el cielo que comienza a tornarse gris con el atardecer. Son muchos los colores y tonalidades de estas fachadas, verdes, rojos, rosas y amarillos se mezclan con el blanco; abundantes carteles publicitarios, no solo cuelgan de las plantas bajas, se mezclan con los tendidos eléctricos y se encaraman hasta las cornisas. Da la sensación que las plantas superiores están vacías o abandonadas, por el contrario las bajas están cuajadas de actividad, muchos comercios, de telas, ropas, calzados o menaje, en algunos sirven comidas, en la misma calle preparan sus fritos y sirven té; aprovechando el bullicio, delante de las tiendas se colocan vendedores ambulantes, principalmente venden frutas o verduras. El ajetreo y la actividad son frenéticos, tan solo sentirse inmerso en ellos es por sí solo suficiente para sentirse uno más.

uno de los muchos ghats donde realizan los hiduistas las abluciones

Continuamos hasta el cruce con Sanapura, en la misma dirección donde la calle pasa a llamarse Dashaswasmedha, nombre del Gaht al que conduce directamente si no la dejáramos; es reconocible por una valla de horquillas metálicas pintadas de amarillo en el centro. En el camino pasamos por una pequeña mezquita, es verdad que la mayoría es hinduista pero conviven pacíficamente con las minorías tanto budistas como jainistas y musulmanas. Muchas confesiones debieran aprender de esta ejemplar convivencia; recuerdo las últimas noticias de la mayoría musulmana egipcia masacrando y persiguiendo a la minoría copta cristiana. Vuelvo a sorprenderme al pasar por debajo de una estructura de cañas de bambú, parecen los restos de alguna portada, humildes en comparación con las pomposas del Corpus de nuestra lejana Sevilla, por la que habrá cruzado uno de los muchos desfiles o procesiones que celebra la comunidad hindú de la ciudad. Nos acercarnos a un nuevo ensanchamiento de la calle, a un lugar que sí parece una plaza, justo donde la vía gira suavemente a la derecha. Al llegar, torcimos a la izquierda para adentrarnos en un espeso caserío, callejuelas estrechas, a veces solitarias y vacías, contrastando con otras transitadas y llenas de bullicio; volvemos a poner en alerta nuestros sentidos, la sensación de perderse en este lugar laberíntico es angustiosa. Por fin salimos a la claridad de un atardecer despejado sobre el Ganges, aparecimos en las proximidades del Ghat Manikarnika.

 

Antes de que nos acercáramos, Marco creyó acertado darnos unas breves explicaciones sobre dónde íbamos, máxime cuando éste es el gath en el que se realizan masivas cremaciones desde la antigüedad. Apostilló que a lo largo del Ganges se encuentran numerosos lugares sagrados para los hindúes, no solo en Varanai, sino por todas las ciudades que pasa y aunque aquí sean muy importantes, también lo son en Haridwar.

ghat de Manikarnika, foto de Pepi

Pero, ¿qué significa esa palabra que tanto oiremos estos días? Literalmente es el paso que conduce el cuerpo al alma y ésta, al seno de Shiva, representado en la mitología hindú por el agua sagrada o la diosa Ganga. La mayor de las veces se reduce a unas simples escaleras o gradas que facilitan la inmersión en el agua. Veremos a muchas gentes que vienen aquí exclusivamente a realizar abluciones, fórmula utilizada por los fieles para limpiar sus pecados. Otra de las funciones de estos lugares sagrados son las incineraciones y el Gath al que nos dirigimos quizás sea el mayor exponente de estos en esta ciudad sagrada. Las cenizas son posteriormente vertidas en las aguas del río, acogidas en su seno, dicen que se evita el ciclo de las reencarnaciones o “shmashana”, el descanso del difunto y, aunque ciertamente he leído muchas opiniones diferentes al respecto, lo que sí parece ser cierto, es que se produce la liberación del alma o “moksha”.

 

Como en tantas otras ocasiones Marco nos transmite su pasión por el hinduismo, aunque a veces hay que avisarle que la noche se nos hecha encima y hay que continuar. “Una última advertencia, nada de fotos. En este ghat existe un verdadero negocio con las fotos, cobran por permitir hacerlas y además precios bastante abusivos, se llegó a mencionar la cantidad de 500 euros. Y alguna vez cuando han cogido a alguien haciéndolas sin previo pago se han montado graves altercados, y si hemos conseguido algunas instantáneas esto ha sido por la audacia y riesgo de nuestra compañera Pepi la catalana.

F007 madera preparada para arder en el Manikarnika, foto de Toño Gómez

Bordeábamos aquel extraño escenario por su lateral Norte, el suelo terrizo, encharcado y pringoso, salteábamos los charcos y mirábamos por donde pisábamos. Nos cruzamos con un reguero de gente que iba y venía, la tarde ya caía, montones de leña aparecían esparcidos en un pequeño recodo en el que unos perros hurgaban el cadáver de una cabra, el ambiente era sobrecogedor. Paramos un instante en una terraza desde donde se divisaba el ancho río, pardo como si arrastrara miles de almas recogidas en su seno, dicen que Brahmá lo creó con el sudor que recogió de los pies de Vishnú. El olor a carne quemada flotaba en el ambiente, al parecer el sándalo no es suficiente (GE 25º18’39.37N − 83º00’51.37E, elevación 70m).

 

El desorden y el caos parece inundarlo todo; al lado de un edificio abandonado se alza el crematorio, sobre una planta sótano abierta en su fachada al río se apilan ingentes cantidades de madera, muchos troncos del sándalo que arderá en las piras, observamos una con ojos curiosos y macabros queriendo distinguir la silueta del difunto, el calor y la humareda que se esparce sin aparente dirección provoca un olor intenso, para algunos nauseabundo, miramos hacia todos lados a sabiendas de que este espectáculo es único. Son tantas las impresiones que llegan a nuestras retinas que las palabras de ilustración de nuestro guía se pierden entre miradas cautivas.

amanecer en el misterioso Ganges

Aún no ha concluido la incineración cuando por nuestro lado pasan cuatro hombres sosteniendo en unas parihuelas de madera un nuevo cadáver, es una anciana, tan enjuta que parece una niña; al parecer no hay tiempo que perder. Las cremaciones no paran, una tras otra, dicen que en un día con su correspondiente noche se realizan más de doscientas, y es que aquí no solo vienen los vecinos de la ciudad; es un honor que las cenizas de cualquier hindú que se lo pueda costear sean depositadas en las aguas del Ganges. Muchos de ellos se acercan aquí exclusivamente a morir para cumplir con el rito de depositar sus cenizas en la antigua ciudad de Kashi (Varanasi). Los menos afortunados son incinerados en sus respectivas ciudades, y se acercan tan solo a verter las cenizas que acompañan en una urna al río. Antes de salir de allí me acerco a Marco y le comento que mi hermano hace unos años estuvo aquí y en el paseo en barca −como el que ya me avisó que teníamos previsto hacer nosotros mañana−, me enseñó unas escalofriantes fotos de una cadáver flotando en las aguas. Nos aclara que hay unas excepciones en la cremación: ni embarazadas, ni niños, ni leprosos, ni quienes mueren al ser mordidos por una cobra son incinerados, son arrojados al río sin más. Como precaución se les amarra una piedra para que se hundan; aquél que viera Juan Ignacio seguramente habría perdido el lastre.

 

Ya sé que lo canso con mis continuas preguntas, pero si no es así, ¿cómo voy a enterarme por qué se llama “Manikarnika”?, parece que lo sabe todo. Cuenta una bonita historia recogida en los textos védicos de la mitología hinduista: «Vishnú convenció a Shiva de que en su afán destructor del mundo, salvase la ciudad sagrada de Casi». Con objeto de complacerlo lo invitó a él y su esposa Parvati a bañarse en un estanque que él mismo excavó en las orillas del Ganga; mientras retozaba en las aguas sagradas se desprendió de su oreja (“karnam”), una joya (“many”), de ahí el nombre Manikarnika. Pero no es la única leyenda, otra cuenta que el pendiente cayó mientras Shiva bailaba enojado sobre la tierra y al caer se transformó en “Ghat”. A veces me tenía que reprimir en hacerle más preguntas, ya que no era el único que demandaba su atención.

en la orilla, en el ghat, tocando el agua

Parecía que la visita, aun sin las ansiadas fotos, había cubierto muchas de nuestras expectativas, así que Marco volvía a apresurarnos. Ahora nos proponía un paseo por la ribera, cruzaríamos por una serie de ghats, uno tras otro, hasta llegar al de Dasaswameth; allí todos los atardeceres se celebra una “puja” en honor a Shiva y a la diosa Ganga. Pasamos consecutivamente por los de Ladita, Meer (donde desembarcaríamos al día siguiente del bote que nos daría el paseo por la ribera del río) y Manmandir en dirección NE-SO, siguiendo el curso río arriba. Era esa hora de la tarde donde en la lejanía las figuras se vuelven siluetas grises y parece que nuestras sombras han huido hacia el amanecer de mañana.

 

Las riberas son escalinatas todas distintas, algunos tramos rectos, otros curvos o quebrados, unas terminan en unas fachadas desordenadas, a veces con apariencia de traseras y muy opacas, donde las calles se asoman al río tímidamente, quizá temiendo su omnipotente presencia; otras veces las potentes escaleras arrancan en explanadas. No perdía la oportunidad de observar, de escudriñar en todas direcciones; a veces topábamos sin previo aviso con muros que había que bordear para continuar. Separando el primer del segundo ghat había una torre circular de hormigón parecida a una toma de agua; al mirar aquella superficie quieta, apenas mecida por una ligera brisa, que tanto me recordaba el interior de una gran olla de té masala, sería de extrañar que sacasen agua para cualquier imaginable uso. En la orilla, muchas barcazas de madera, de unos 6 a 10 metros de eslora y unos tres o menos de manga, se mecían casi imperceptiblemente, la mayoría atracada, mientras algunas partían y otras buscaban las escalinatas donde unos fieles mostraban la satisfacción del deber cumplido, después de haber impregnado la lámina parda con las plateadas cenizas de sus seres queridos. Los botes se mezclaban con los últimos que realizaban sus abluciones o los que simplemente se aseaban; curioso resulta ver como sumergen los cepillos de dientes en ese té en el que flotan toda clase de restos para restregar de nuevo sus dentaduras con fuerza.

barbería improvisada en el ghat

En el trasiego de gentes que suben o bajan o que siguen el curso del río, en nuestro sentido o en el contrario, se encuentran otros, que simplemente sentados miran el discurrir del tiempo, entre ellos, algunos sadhus. Ya nos advertía Marco que la mayoría son personas que se disfrazan, se camuflan entre los verdaderos para obtener buenas colectas de dadivas a los también muchos turistas, que como nosotros curioseamos por estos lugares sagrados. Los verdaderos son ascetas o monjes hinduistas que han escogido como destino de sus vidas la austeridad y la penitencia, renunciando a todos los bienes materiales, subsistiendo de la mendicidad. Es fácil distinguir algunos de esos falsos naghas, en particular los que usan cenizas sagradas o “vibhuti” para embadurnar su cuerpo; los verdaderos van desnudos, que alguno vimos, pero otros combinaban los rostros recubiertos de ceniza con túnicas y abalorios. De todas formas resulta un espectáculo estético incomparable, si no nos hubiese avisado nuestro guía, los daríamos por buenos.

 

Ya era noche cerrada cuando terminamos en Dasaswameth (GE 25º18’24.30N − 83º00’38.19E, elevación 70m); en los escasos cuatrocientos metros que separaban los dos ghat habíamos empleado casi una hora. Cuando llegamos se encontraban preparando los altares para las ceremonias; aparecían colocados sobre unas plataformas octogonales en la zona más baja de las escalinatas, que ya empezaba a colmatarse de gentes y donde los escasos turistas como nosotros nos mezclábamos con los nativos en los pocos huecos libres.

Aún faltaba casi una hora para que comenzaran las pujas. Hacía calor y apretados en los escalones observábamos como un reguero de niños llegaba incesantemente, algunos que venían acompañados incluso de casi bebés, ofrecían postales o unos botecitos de “harina de arroz de colores” y unos pequeños sellos de plástico para estampar dibujos de colores sobre la piel; terminé comprando dos cajitas, pero volvían y volvían aún después de la compra a ofrecerlas de nuevo. Daba tiempo para todo; no muy lejos, hacia la izquierda, algunos aún tenían tiempo para asearse, más allá otros se afeitaban la cabeza. Mientras tanto las gradas se densificaban poco a poco, todo el que veía un hueco, por pequeño que fuera, buscaba acomodo y apretaba a los inmediatos de la fila.

puja en Dasaswameth, foto de Toño Gómez

Por fin comenzaba la puja; tres jóvenes brahmanes o puyari en estos casos, van vestidos con elegantes ropajes, en el torso unos kurtas anaranjados cruzados con un pañuelo dorado que pasando por un hombro termina rodeando la cintura para sostener sus largas faldas del mismo color, unos largos paños de telas que los envolvían de cintura a tobillos parecidos a dhotis. Los altares se elevan aún un poco más sobre unas plataformas (se encuentran en casi todos los ghats), en unos tacos de hormigón han colocado una tarima de madera y sobre ésta una alfombra. El altar central es el más importante sin duda, está presidido por la pequeña figura de una deidad, imagino será Shiva, colocada en el interior de una urna dorada cuajada de guirnaldas de caléndulas anaranjadas; en los otros dos hay unas pequeñas mesas bajas, de no más de treinta centímetros cubiertas de un paño también anaranjado. Se inicia el rito religioso, el puyari principal lleva el peso de la ceremonia; dispone de unos candelabros individuales y otros con muchas palmatorias, parecidos a nuestros velones del Sur, unas copas en las que vierte aceite, leche y creo que agua que derrama de unos tarros mayores dorados; con una especie de incensario, pero con fuego, hace una serie de reverencias a la deidad presentándole sus respetos para terminar girando alrededor suyo, en todas las direcciones, me imagino que para mostrar sus reverencias a los allí presentes; también hace lo propio con bandejas de flores aromáticas, el agua y el aceite que vierte en las lamparillas, utiliza antorchas con fuego y otra serie de objetos cuyos nombres desconozco. Los dos brahmanes que lo flanquean tienen un papel secundario, permanecen quietos realzando el protagonismo del principal; aunque a veces, cuando los tres actúan al unísono se eleva el clímax de lo que seguramente será frívolo decir es un espectáculo. La puja es aderezada con cánticos y plegarias con la participación activa de los fieles, principalmente los que se encuentran en la parte baja, donde una serie de mesas con banquetas a ambos lados parecen acoger a los más importantes. Ellos realizan las plegarias hacia el Ganga y son los ocupantes de las barcazas que se apelotonan en la orilla, en el borde opuesto del ghat, espectadores privilegiados.

 

Este Ghat pasa por ser el principal de la ciudad, sus pujas son consideradas como las mejores. Según mi inseparable Lonely en la ceremonia que hemos presenciado se conoce como “Ganga Aarti”, los brahmanes han ejecutado el “Agni Pooja” o Culto al Fuego en honor a Shiva, a los dioses Surya y Agni (Sol y Fuego), al río Ganga y todo el Universo. Pero a veces siento que me quedo a cuadros, no entiendo de qué va la ceremonia y en consecuencia no participo activamente en ella; el único recurso que queda es la curiosidad, disfrutar del placer de un acontecimiento dotado de una singularidad, extrañeza y plasticidad extraordinarias. En otras palabras, que después de tanto tiempo allí, sin entender nada, resulta cansado y repetido, tanto que Francisca se levantó, y yo creía que fue a estirar las piernas; al rato, cuando la busqué con la mirada, la encontré sentada en las banquetas de primera fila. Después me contó que una varanasi le cedió parte de su sitio y me pregunto, ¡la verían cansada o encontrarían en sus ojos lo que vieron aquellas otras mujeres Gwalior!

mercado de vegetales de Dasaswameth

Tocaba continuar, Marco nos reunió a todos cual gallina a sus pollitos y nos expuso su nuevo plan; había quedado en un local en el que cenaríamos escuchando tabla y sitar indios, ¡qué decir! Como muchas otras veces comenzamos a caminar en fila india. En la dirección ascendente de las gradas llegamos al comienzo de Dasaswameth Road, un poco mas arriba del Mercado de Vegetales; giramos hacia la izquierda, adentrándonos en un denso caserío de calles estrechas y muy concurridas, la gente caminaba en todas direcciones y lo mismo topabas con una vaca que con un ciclomotor o una bicicleta, que entrabas en una zona atestada de tiendas o en una calle oscura y vacía. Cualquier lugar era idóneo para que apareciera súbitamente un templete o altarcillo, la mayor de las veces humildes pero coloridos y llenos de figuritas alrededor, y como no podía ser de otra forma, siempre un lingam, brillante y húmedo de su continuo chorrear de aceite de mantequilla.

altarcillo callejero

Cuando no encuentro con la mirada a Francisca, me comenta Toño que todas han entrado en una tienda de telas, al parecer no han superado la ansiedad de que sea sólo ella la que tenga una muselina amarilla. Y es que es una buena oportunidad para comprar este tipo de piezas de algodón ligero; dicen que los mejores son los que posteriormente tiñen en Bangladesh, y es que en Benarés la industria de sus paños siempre ha sido muy famosa. No sólo muselina, también tienen otros tipos de género, magníficos paños de seda e incluso perfumes. Cuando me asomo entre un ramillete de telas colgadas en ambas jambas de una puerta las encuentro disfrutando de las telas; le dejo dinero para que compre lo que le apetezca y le indico que el local para la cena se encuentra dos casas más arriba en la misma acera, subiendo por una escalera muy estrecha, en la primera planta.

trasiego en el amanecer de Dasaswameth

Escalera empinada y muy estrecha que desemboca en un mínimo recibidor, a la derecha una puerta de madera entre abierta y una única sala estrecha y alargada de unos veinte metros; en la zona de fachada dos jóvenes músicos tocan una tabla y un sitar, en el resto de la sala unas alfombras en el suelo, al fondo dos silloncitos de mimbre y una mesita baja redonda en la que acomodados dos guiris terminaban de cenar escuchando plácidamente la música. Nosotros nos tuvimos que desparramar por el suelo. Estaba incómodo, la falta de costumbre, ni siquiera podía disfrutar de mi primera kingfisher; pero fue por poco tiempo, cuando los guiris se fueron le dije a Francisca: «¡nos sentamos!», dicho y hecho. Como en otras tantas ocasiones contábamos las experiencias del día, cómo no el intenso espectáculo del Manikarnika, lo atractivo que había resultado la puja y, tampoco podían faltar las referencias a otros viajes. Entre una cosa y otra esperábamos la cena, cuando observamos que los músicos recogían sus instrumentos; nos preguntábamos si era por la poca o nula cuenta que habíamos prestado con la charla o si les había llegado ya su hora de finalización. Lo cierto es que nos quedamos con más ganas de escuchar lo que aquí se conoce como el “Benarés Gharana”, un estilo particular de tocar la tabla clásica india; he leído que lo desarrolló Ram Sahaí a principios del siglo diecinueve. En la cena aprovechamos para recuperar la cocina europea; aunque la carta no era muy extensa, degusté unas gruesas salchichas bratwurst alemanas que con unas patatas fritas y la cerveza me resultaron… ¡hum!. Antes de salir subimos a la azotea donde se encontraban otros aseos, ocasión que aprovechamos para fumar unos cigarros mientras acababan el resto de compañeros; las vistas a los tejados y las luces de la ciudad resultaban otro aliciente más para rematar la noche que estaba concluyendo.

 

Cerrábamos un día cargado de emociones, desde el paseo mañanero en bicis hasta el poblado de Kundapura, al tránsito de aeropuertos, desde Khajuraho a Varanasi, terminando en las pujas de Dasaswameth después de pasar por el extraño ambiente de Manikarnika y sus incineraciones. Nuevamente en fila india salíamos de esta zona abigarrada del casco histórico de la vieja Benarés, recuperábamos la gran avenida de Dasaswameth en busca de rickshaws; ya notablemente cansados apenas quedaba interés para mirar lo que nos rodeaba, prácticamente queríamos ir a dormir, máxime cuando Marco nos avisaba que mañana la diana sería a las cinco para ver amanecer en el Ganges.

amanecer de Varanasi desde el Ganges

¡Que madrugón!, el último en llegar fue Marco que rápidamente salió a gestionar el transporte, nuevamente tres rickshaws que nos dejarían al comienzo de la avenida de Dasaswameth. A marcha casi militar llegábamos al Mercado de las Verduras, continuando rectos bajábamos por las escalinatas del ghat donde la noche anterior se celebraron las pujas, volvíamos a Dasasnameth; era más que probable que el día anterior contratase el bote que ya nos esperaba y al que subimos de inmediato. No éramos el único trasiego de curiosos turistas que cumplían con el rito de ver el Ganges al amanecer, aunque como ocurriera en el Taj Mahal, ya era de día; afortunadamente el sol no había hecho su presencia aún y una neblina nos envolvía a todos: japoneses, occidentales y nativos la mayoría. También comenzaban a introducirse en sus aguas quienes se suelen acercar aquí simplemente a asearse, se volvían a suceder esas imágenes propias en este pueblo, una maraña de personas, todas juntas cada una dedicada a sus propios quehaceres.

 

Nos acomodamos todos en nuestro bote donde había un único indio varanasi, tal vez su propietario; un solo remo era introducido lentamente en esa agua espesa de color pardo en la que flotaban infinidad de pequeños objetos, que sería muy frívolo llamar basura: restos de flores de quién sabe cuántas plegarias a Shiva, lamparillas apagadas de esas que acompañan los regueros de ceniza cuando recorren las aguas en su seno a un difunto, papelillos y pequeñas ramas. Alguien lo denominaba basura, personalmente prefiero pensar que son los rastros de la vida de este fascinante pueblo, cuya cultura e importante tradición religiosa está estrechamente relacionada con el Ganges, el río de Varanasi, que a su vez ha generado una fascinante ciudad, centro cultural y religioso en el Norte de la India durante miles de años. Nuestra barcaza de madera se deslizaba lentamente dándonos suficiente tiempo para observar en todas direcciones. Siento el placer de un ser privilegiado.

la otra orilla

Quizás aprovechando las fuerzas intactas de nuestro remero, iniciamos nuestra travesía río arriba, pasamos por los ghats de Chausatti, Prayag, Nard, Raja y Munshighat, algunos de los cien ghats, que se encuentran en la orilla desde el puente ferroviario de la estación Kashi, al Norte, hasta las escalinatas del ghat de Assi, en el límite Sur. Poco más arriba dimos la vuelta donde nuestro esforzado barquero yendo a favor de corriente manejaba con más soltura el bote; navegábamos siguiendo el lento desaguar hacia aquel averno en el que el rey Bhagiratha buscó a los 60.000 hijos de Sagara para liberarlos, hacia la desembocadura de una lejana Calcuta que ansío conocer. Frente a nosotros, la orilla y su continuo bullir de agitación y vida; nos cruzábamos con otras embarcaciones, los japoneses nos miraban y nosotros a ellos, otras familias arropadas por el silencioso manto de la bruma se dirigían al centro del cauce para espolvorear a su ser querido en el cabello de Ganga, con la esperanza de que Shiva los proveyese de una mejor reencarnación. Las lamparillas que éstos depositan en la superficie van perdiendo brillo, el sol rojizo ya aparece en la lejanía, en la orilla opuesta. Nos acercamos por última vez al Manikarnika, nuestro tripulante ya sabe que ha de parar, es el punto fuerte de cualquier visita turística, el sándalo no deja de arder, columnas de humo suben por el perfil de las cubiertas desdibujándose en un cielo que poco a poco va clareando para tornar celeste. Se adivina el final de la travesía, anclaremos en el Meer Ghat. Un poco antes se nos acercó una pequeña barcaza con dos hombres, uno remaba mientras el otro ofrecía sus subvenir; nos trajimos de recuerdo un buen mazo de pulserillas, decían que sus cuentas, algunas teñidas, eran de sándalo. Y, aunque no sé si soy fetichista aproveché para llenar de agua una pequeña botellita que ya vacía tenia en mi mochila, pues me hacía ilusión llevarme un poco de agua del Ganges.

el Ganges desde la terraza del Alka, foto de Toño Gómez

Eran las ocho de la mañana, buena hora para desayunar, fuimos gradas arriba para adentrarnos en el caserío, no tuvimos que andar demasiado, prácticamente a los pies del ghat se encuentra el “Hotel Alka”, que pese a su nombre es un hospedaje tipo familiar fundado en 1998 según reza en una pequeña plaquita. Es una casa rehabilitada al efecto y que se desarrolla en altura, alrededor de un patio con unas complicadas escaleras que comunican las plantas, no es fácil adivinar si son tres o cuatro. Marco nos dirigía a su azotea, una agradable terraza con unas magníficas vistas del río, donde hacer un buen número de fotos es obligado. El Ganges a esas horas estaba concurridísimo, muchísimas barcas como la nuestra, aparecen sombreando todo su curso, enfrente, un meandro arenoso como una media luna blanca en la que se divisan numerosas bandadas de zancudas, detrás los campos de cultivos mezclados con pequeñas construcciones donde sus pobladores aprovechan los inmejorables terrenos de aluvión, y que se pierden entre los restos de bruma y el horizonte. La gorda bola roja del sol comienza su lento izar, como el carrillón de la Puerta del Sol, ya nos anuncia otro buen día en el país.

homenaje a Shiva y Parvati en las calles de la antigua Casi

Nos acomodamos en unas cuantas mesas, solos en un velador damos cuenta de una jarra de café y un plato con pequeñas tostadas y unas tortillas francesas que nos traen algo más tarde. Marco, que se encontraba en la planta de abajo sube con nuestro nuevo guía local “Vimal”. Como nuestra mesa disponía de dos asientos libres, tuvimos la suerte de que nos acompañasen en el desayuno, compartimos el café y las tostadas, incluso una nueva ración que trajeron para ellos dos. Se hicieron las presentaciones oportunas, nuestro guía nos contó que el local nos acompañaría al templo Vishwanath inmediatamente después del desayuno, que él no iría, que aprovecharía para ver a un amigo que vive en Varanasi desde hace unos años y que tenía muchas ganas de verle. La cara de Vimal lucía una sonrisa encantadora, piel morena y pelo negro, hablaba un fluido castellano.

 

Como siempre que se me presenta una oportunidad no la dejo escapar; después de expresarle las sensaciones tan especiales que sentía en su ciudad, entablé con él una conversación trivial, con esas preguntas tan socorridas como: a qué se dedicaba, respondiendo: «trabajo con una agencia de viajes»; ¿estás casado?, me dijo que sí pero aún no tenía hijos. Quería que se sintiera a gusto, para poder así conocer mejor a estas gentes, que con sonrisas como la suya, me dejan fascinado. Cuando menos se lo esperaba, le dije: «Tú eres brahmán, ¡verdad!», y me respondió con toda naturalidad que sí. Marco, un tanto asombrado me preguntó que cómo lo había averiguado, le dije: «No lo sé, me ha dado ese pálpito». Desde ese instante había nacido una gran amistad, de esas que duran toda una vida, aunque quizás jamás lo vuelva a ver, siempre estará en mi recuerdo.

por Vidayapeeth Rd camino de Bharat Mata

Poco a poco nuestros compañeros iban terminando el desayuno, así que tomaban sillas y el corrillo se iba completando. La conversación giraba en torno al Ganges, al Manikarnika, a sus gentes, etc., cuando Marco, al hilo de ellas nos regaló otra bonita historia «¿sabéis cual es el origen del Ganges?» nos mirábamos unos a otros, esperando, esperando realmente que comenzara a narrarnos con su dulce voz una nueva y mágica leyenda:

 

«El Majábharata cuenta que el rey védico de la dinastía solar Sagara, hijo del rey de Ayodhya, antepasado del padre de Rama (Ramayana) y reencarnación de Vishnú, quiso sacrificar a un caballo para impresionar a los reyes vecinos de su poderío; pero no contaba con que Indra, dios de la guerra y de los fenómenos atmosféricos, se lo robaría. El rey envió a sus 60.000 hijos a la tierra para recuperarlo, y éstos lo encontraron en el inframundo custodiado por un sabio rishi al que suponen el raptor. Encolerizados comenzaron a maltratarlo, pero éste, zafándose de ellos, los redujo a cenizas y condenó a vagar como almas en pena por el infierno. Años más tarde el rey Bhagiratha, descendiente de Sagara, rogó a Brahma que permitiera a la diosa Ganga descendiese del Cielo para que sus aguas purificasen las cenizas de sus difuntos y que así ascendiesen al Paraíso; para amortiguar la caída de la diosa también pidió a Shiva que frenase su descenso. Ganga cayó sobre la melena de Shiva creando tal caos en los Himalayas que motivó la cólera del rey védico Yajnú, tragando todas las aguas que caían; sólo consintió soltar a la diosa ante las plegarias de los dioses y Bhaguiratha, quien con su rápida carreta las encauzó hasta el océano hasta caer desde su final al inframundo. Así quedaron liberados los 60.000 hijos de Sagara, y para la eternidad el discurrir de las aguas por la tierra bajo el nombre de río Ganges

 

No había colofón mas adecuado para continuar nuestra visita que penetrar en el caserío en busca del Templo Dorado. Marco se despedía de nosotros como ya nos avanzó, primero se llegaría al hotel. Francisca que le oyó pidió acompañarlo, se encontraba bastante cansada, así que los despedimos y seguimos con Vimal (antes de salir pedimos una momentánea parada para ir a los aseos).

 

Por el tiempo que tardamos calculé que el templo de Vishwanath se encontraría a menos de 500 metros en dirección Noroeste, en el interior de una manzana al lado de la mezquita de Gyanvapi. Desde el hotel callejeamos sin aparente rumbo, pero bien dirigidos, hasta alcanzar la concurrida y estrecha calle de Cachaudi Gali para más o menos a su mitad torcer a la izquierda por otra aún más angosta, por Vishwanath Gali Chowck, un callejón de apenas dos metros, concurrido y cuajado de pequeñas tiendas de recuerdos y ofrendas en las que insistentemente ofrecían sus productos y moverse resultaba bastante complicado. A unos cincuenta metros desde que torcimos Vimal nos indicó que entrásemos en un una habitación, el puesto de control, agentes del gobierno del Estado desde hace años cachean y custodian los bolsos mientras se produce la visita al templo; la obsesión de que no haya altercados entre las dos confesiones locales mayoritarias es palpable; dos guardias armados y una chica que nos requisó los pasaportes en consigna, además de donde quedó el calzado. Eran lentos o quizá meticulosos, pero lo cierto es que nos pareció tardar un mundo. Nuestro guía nos contaba que tantas molestias en el acceso no impiden que el flujo de devotos a Shiva sea incesante; dice que hay días señalados en que se superan las 3.000 visitas y, «consideraos afortunados, ya que los turistas antes no podían acceder, sólo se llevan unos pocos años permitiendo el paso de los que ellos, probablemente, consideran infieles.»

 

Pero al fin todos estábamos agrupados delante en una pequeña verja metálica, el único acceso a través del patio del recinto. El suelo estaba mojado y pringoso por el pisado de tantas florecillas de caléndulas procedentes de guirnaldas y de ghee, la tan usual mantequilla líquida usada en las ofrendas. Al cruzar la cancelilla nos encontrábamos en un pequeño patio con un suelo de mármol blanco; en un aparente desorden se encuentran una serie de edificaciones no muy grandes, los fieles cargados de ofrendas entran en la principal, cuyo centro lo preside el lingam, símbolo de Shiva, la deidad principal. No es muy alto, unos 50 centímetros, sobre el que vierten constantemente líquidos como leche, ghee y agua; bajo él y recogiendo el fluido que chorrea, un precioso yoni de plata que representa el órgano vaginal de Lakshmi de un metro de diámetro, la sexualidad mitológica llevada a unos extremos extraordinarios.

musulmanes en Varanasi

Aproveché la presencia de Vimal para que nos diera alguna información de tan famoso lugar sagrado, ya que el templo de Kashi o Vishwanath es uno de los más importantes para los hindúes, pertenece al grupo de los doce santuarios sagrados o Jyotirlingas, a donde esperan ir en peregrinación al menos una vez en la vida, circunstancia que muchos hacen coincidir cuando vienen a verter las cenizas de un familiar al Ganges y, aunque esté dedicado a Shiva o Vishweshwara como Rey del Universo, también se venera a Brahma, en una capilla anexa que nos señaló. Sobre su cronología nos indicó que fue construido en el año 490, posteriormente reformado en el siglo XI por Hari Chandra y destruido con la llegada de los primeros persas a finales del siglo XII para construir en su lugar una mezquita. A partir de ahí arrancan las sucesivas destrucciones y reconstrucciones, de mezquita a templo hindú, sultanatos, mogoles y emperadores hindúes se han disputado este lugar santo y sagrado y que finalizaron al partirlo en dos mitades, una para cada confesión religiosa, que actualmente conviven con más dificultad que armonía (en mucho se parece al conflicto de Ayodhya): la mezquita y el templo. Aunque nosotros nos encontrábamos en el recinto hinduista, por detrás de la sikhara dorada y del muro Oeste alcanzábamos a divisar la cúpula acebollada más cercana y las partes altas de dos minaretes de la mezquita de Gyanvapi, construida por Aurangzeb en 1669. El cruel mogol destruyó el templo dejando sus huellas como advertencia y dominio sobre los hinduistas, en ella se pueden ver columnas y restos de sus muros, incluso dicen que su pozo. El templo en el que nos encontramos fue una media reconstrucción realizada en 1780 por la maharáni Maratha Ahilya Bai Holgar a la que en el año 1835, el Maharaja de Lahore Ranjit Singh, donó el famoso dorado de la sikhara de más de 15 metros de altura, y el de su remate en forma de aguja con más de una tonelada de oro, por lo que es también conocido como el Templo Dorado. Aquí se encuentra otro pozo sagrado, el Jñana Vapi o pocillo de la sabiduría, considerado el original por los hindúes, donde dicen que estuvo escondido el Jytorlinga del templo para protegerlo de las hordas musulmanas. Ambos recintos se encuentran, aunque dicen que en armonía, separados por una alta verja de hierro recubierta con tela de gallinero sobre un muro.

 

Salimos, recogimos el calzado y restos de bártulos; fue una lástima que no nos dejaran hacer fotos, en la entrada nos requisaron las cámaras con bolsos y mochilas, demasiado que pudimos entrar, suerte que no tuvieron otros viajeros anteriores a nosotros. Tocaba continuar con el programa de visitas previsto, Vimal nos dijo que nos encontraríamos con Marco en el templo de Bharat Mata.

 

Volvíamos a caminar, como en otras ocasiones buscando el cruce de las calles Bulanal Maidagin Road, Lahurabir y Luxa, reconocible por la iglesia pentecostal de ST; allí el propio Vimal nos agenció cuatro rickshaws, pero en esta ocasión de esos que son tirados por esforzados wallah que con sus rudimentarias bicicletas ineludiblemente me traen a la memoria a Hasari Pal. El singular paseo era motivado por la cercanía de Barat Mata, algo más de kilómetro y medio, seguramente una distancia enorme si tuviéramos que arrastrar nosotros tan pesada carga occidental, pero para ellos, el incentivo de una buena carrera les parecerá más que suficiente. Después de recorrer una cuantas calles desembocamos en una ancha avenida, Vidyapeeth Rd; sería la hora punta, sobre las doce de la mañana de este martes 15 de octubre, estaba concurridísima, amén del tráfico, como siempre de todo tipo de vehículos, las aceras estaban cuajadas de tenderetes. Al final y muy próximo a nuestro destino nos cruzamos con una procesión, unos coches de caballos, parecidos a aquellos que paseaban turistas en Mumbay, forrados de chapas plateadas y portando unas fotos −imaginé que serían gurús− montadas sobre unos grandes marcos, adornadas con telas, rodeadas de guirnaldas y protegidas del sol con unas abombadas sombrillas; el desfile iba precedido de una banda de músicos de corte occidental, como las que acompañan a las nuestras de Semana Santa detrás de ellos, y en las carrozas caminaban en varias filas un nutrido grupo de hindús vestidos con túnicas y turbantes naranjas. Lo curioso de la escena era la procesión en medio del tráfico y gentes de un lado para otro, nosotros mismos compartíamos el mismo vial.

por Vidayapeeth Rd camino de Bharat Mata

Nos apeamos frente a un parque, un tanto descuidado y en el que destacaban unos enormes ficus y unas alineaciones de un árbol en el que ya me había fijado, y que domina casi todas las plantaciones callejeras de Varanasi. El templo de Bharat Mata se encuentra en el interior de esta zona arbolada; cuál fue nuestra sorpresa cuando al acceder a su interior nos encontramos en una explanada terriza nuestro autobús y en él a Marco, que tras saludarlo se despidió de Vimal. Aproveché la ocasión para preguntarle a nuestro guía si sabía el nombre de aquel árbol, pero en esta ocasión tuvo que preguntárselo al conductor del autobús, que sin titubear respondió “Ashoka tree”.

 

Pero se equivocaba, el árbol de Ashoka (Saraca Asoca) es una especie arbórea que pertenece a la familia de las leguminosas, originario de las áreas centrales de la meseta de Deccan, también se encuentra en la costa Oeste, cerca de Mumbai, en las faldas de los Himalayas y en otros lugares del Norte del país; pero que cada vez es más difícil encontrarlo en estado natural, de hecho se encuentra en peligro de extinción, ¡pero no se perderá, no!, es reproducido para la jardinería ornamental por su hermoso follaje y fragantes flores, muy parecidas a las de la acacia persa (Albizia julibrissin). Esta especie es y ha sido muy importante en las tradiciones culturales del subcontinente indio y en los países limítrofes, como Sri Lanka, Malasia o Indonesia, al encontrarse muy relacionada con los templos budistas e hinduistas, al considerarse un árbol sagrado, tanto, que ya era mencionado en los textos épicos del Ramayana; el jardín donde Hanuman se reúne con Sita era de esta especie. Una de sus variedades es la Saraca indica, muy apreciada por su forma columnar, comúnmente confundida con la Polyalthia longifolia, el “falso árbol de Ashoka”, muy utilizado en la jardinería del subcontinente indio y actualmente extendido en muchos otros países del Trópico.

mapa en relieve del Subcontinente, foto de Toño Gómez

Más tarde pude consultar aquel librito que adquirí en el aeropuerto de Benarés, camino de Amristar, la «Traveller’s Guide. Wildlife of India de Mark», de F. Tritsch, fue en él donde descubrí realmente que se trataba del Mast tree o árbol mástil, nombre que deriva del pasado, de cuando sus largos y rectos troncos eran utilizados en la fabricación de mástiles para veleros, también se le conoce por otros nombres comunes, como los de “falso árbol de Ashoka”, “árbol de Buda” o “abeto indio”. Especie de gran porte, de crecimiento piramidal, de hoja perenne y follaje colgante y espeso. Las hojas son compuestas, lanceoladas, largas y estrechas de márgenes rizados; de color marrón cobrizo cuando son nuevas, tornando al crecer a verde claro para terminar en un verde oscuro brillante, hojas que a veces son recolectadas para la decoración o utilizadas en festivales. Leí que en primavera el árbol está cubierto con una pequeña florecilla en forma de estrella de un verde pálido poco visible, que apenas dura de dos a tres semanas; el árbol adulto llega a alcanzar los 30 pies de altura, unos diez metros, siendo originario de la India y Sri Lanka, y que es una especie excelente para crear barreras eficaces a la contaminación acústica. Aproveché la ocasión y escogí un puñadito de perfectas hojas, sin picaduras y homogéneas de color y forma y las guardé dentro del dossier, para mi colección.

 

Pero esto no es nada más que un inciso, aunque pasé un buen rato mirando de cerca los falsos Ashoka, terminé en este extraño templo, que la Lonely lo sitúa cerca de la Estación de Ferrocarriles de Varanasi, escasamente a un kilómetro y en el campus Mahatma Gandhi Kashi Vidyapeeth. Su apariencia occidental y marcado estilo neoclásico seguramente responda a que en él se reverencia a la nación y a una supuesta deidad que le da nombre, Bharath Mata Mandir, la diosa madre la India, curiosamente el único lugar del país en el que se le ha dedicado un templo. Los datos que aparecen en mi guía difieren en algunos aspectos de los recogidos en la placa informativa situada en el acceso; que indica fue promovido por Babu Shiv Prasad Gupt, quedando inaugurado en 1936 por Gandhi.

 

El edificio estaba un tanto descuidado, parecía hacer juego con el jardín; su planta es cuadrada, de unos 20 metros de lado, el acceso se realiza a través de un porche porticado delantero orientado a Oeste, se levanta ligeramente del suelo sobre un pedestal, presidido por una suave escalinata en su frontal. En el suelo de su gran sala central se expone un mapa en relieve de la India ejecutado en mármol blanco, está protegido por unas barandillas que se abrazan a las distintas pilastras de la galería; en este 3D se reconocen perfectamente todas sus unidades geográficas, los imponentes Himalayas, la meseta del Deccan, la península de Gujarat, los mares Arábigos, el Golfo de Bengala o Sri Lanka. Las superficies de piedra, ahora de pálido amarillento de tonalidad marfil y la iluminación cenital de la sala otorgan al conjunto un aspecto muy agradable, sensiblemente romántico. Allí mismo Marco improvisó una charla sobre la morfología del Subcontinente, señalándonos las cordilleras más importantes, el Ganges y su delta en Calcuta, los Himalayas o las profundidades marinas; girábamos a su alrededor con el fin de observar con detalle los distintos relieves. Según nos comentaba, la ausencia de límites y fronteras entre regiones y estados se había buscado por sus fundadores con el objetivo de presentar a un país unido.

 

Para terminar la visita nos dimos un pequeño paseo por sus galerías y la planta alta; se exponían unos cuadros un tanto ajados y descoloridos por los rayos ultravioleta que ilustran distintas diosas y personajes importantes relacionados con la construcción, Independencia y unidad del País. Destaca uno muy grande en la planta baja que representa a la diosa Bharat Mata, figura mitológica de la Madre India.

 

Al salir vi que en un pequeño mostrador, al lado de la puerta, se exponían algunas publicaciones y que tenían un buen surtido de postales; me detuve a comprar algunas, las que me dieron por 100rp, el señor que me atendía me preguntó si tenía un bolígrafo de mi país, así que busqué en mi mochila y le entregué el que llevaba, le dije: «Es de España», y agradecido me regaló otras tres postales. A la salida y mientras me calzaba intenté traducir un viejo cartel que se encontraba en uno de los parterres laterales de la escalera de acceso, y pensé que sería una buena ocasión para documentarme; en él rezaba:

 

HUMBLE REQUEST. Rastratana Shri Shiv Prasad Gupta got Nagava VNS The Bharat Mata temple constructed in samvat 1975 (1918AD) with extremely holy sentiments. reverent visitors are requested with folded hands to take off the his shoes down below the stairs out side the temple in differance to the founders holy sentiments and dignity of the temple and only there after take trouble to enter the same manage.

 

Humilde petición. Rastratana Shri Shiv Prasad Gupta VNS Nagava consiguió construir el templo de Bharat Mata en el año 1975 del samvat (calendario indio, equivalente a 1918 del nuestro gregoriano) con muy santos sentimientos. Se ruega a los visitantes reverencien con las manos juntas y dejen sus zapatos fuera del templo, al lado y en la parte baja de las escaleras, en deferencia a los santos sentimientos y la dignidad de los fundadores del templo, sólo así no tendrán problemas para acceder al mismo.

el tan socorrido rickshaw

Volvía a quedarme el último, no sé cómo lo consigo pues la verdad no es intencionado, el autobús nos esperaba para llevarnos de regreso al hotel. Eso fue lo que pensamos cuando detectamos que se para en otro lugar, nuevamente caíamos en las estratagemas de los guías locales. Nuestro guía se excusaba, principalmente ante los varones, ya que cuando ellas se enteraron que el destino era una tienda de telas vieron una buena ocasión para comprar género del país, como así fue. Marco nos volvió a dejar, no sin antes decirnos que quedábamos citados para la última visita a las siete de la tarde en el hall del Ideal Tower, “el templo de Durga”. El comercio de telas es un edificio alargado en una calle cercana al hotel, de dos plantas; en la planta baja, en unos telares antiguos unos hombres tejían seguramente en un acto más expositivo que productivo. Al fondo un dependiente nos indicó unas escaleras por las que debíamos subir a la planta alta, en tres grandes salas contiguas se exponían todo tipo de telas, según las chicas, precioso género de seda y pasquinas. La verdad es que mi interés por este tipo de cuestiones no es muy grande, así que acollarado con Toño y Ander aprovechamos la oportunidad para sacarles a los responsables del negocio unas cervezas y unos entremeses, frutos secos y patatas fritas; pese a todo nos aburríamos, y por el contrario las chicas eran incansables, se probaban saris, miraban los paños que gustosamente los empleados le extendían sobre grandes mesas con la esperanza de generosas adquisiciones. Cuando me percaté que al final de la misma calle, girando a la derecha, salíamos a la avenida The Mall Rd y que nuestro hotel quedaba a escasos 100 metros a la izquierda no lo dudé, salí por la puerta comunicándole mi partida únicamente al chofer del bus.

 

Sin tiempo que perder subí a la habitación, desperté a Francisca, que había almorzado y dormía la siesta placidamente; yo con las dos cervezas y los frutos secos me di por satisfecho, así que le dije que me iría un rato a la piscina. Solté los bártulos, y en bañador y con una toalla grande blanca del hotel, seguí las indicaciones que en la planta baja me hicieron llegar hasta la piscina, al final de un largo pasillo en obras, algunas latas de pintura y las bandas más claras en los paneles de cartón-yeso evidenciaban unas reformas inacabadas. Terminé en un patio alargado no muy grande, de escasos 30 por 15 metros, a la espalda Norte del edificio, encajonado entre las paredes medianeras de los edificios colindantes, así que el sol fue un visto y no visto; la sombra que avanzaba irremediablemente hacia las paredes rápidamente oscureció la lámina de agua. La piscina ocupaba casi toda la superficie, sólo unos acerados perimetrales en los que escasamente había unas cuatro tumbonas −más que suficientes pues no había un alma− y unos parterres adosados a las paredes con escasa vegetación eran nuestra única compañía. No pasó mucho tiempo cuando apareció Francisca para acompañarme en el baño, que terminó pareciéndole buena idea. Aunque todo estaba muy limpio y la paz y tranquilidad eran envidiables −tan sólo nosotros dos−, comenzamos a sentirnos incómodos cuando detectamos las miradas curiosas de los operarios desde las plantas altas, de nuestros vecinos en obras. Así que huyéndole a la sombra y al cotilleo regresamos a nuestra habitación.

Varanasi ciudad de la luz

Aún faltaban más de tres horas para nuestra última cita en el hall, así que frescos como veníamos nos echamos a dormir una siesta. A la media hora estaba con los ojos abiertos como platos, así que pensé que, como tampoco era mucho el tiempo que tenía para un plan alternativo, aprovecharía para leer algo de Benarés; prácticamente nos marcharíamos al día siguiente y aún no había leído nada de esta ciudad, cuna y lugar de residencia de importantes ciudadanos indios, desde poetas y escritores a filósofos; incluso Siddhartha Gautama dio su primer sermón en Sarnath, muy cerca de aquí, que tendremos la suerte de visitar en la jornada siguiente.

 

La historia de esta trepidante Varanasi está íntimamente ligada al río sagrado. La ciudad se encuentra en el valle medio del Ganges, en la parte oriental del estado de Uttar Pradesh, en la orilla izquierda según el curso fluvial se acerca a Calcuta, en la parte convexa del meandro, frente a la medialuna arenosa que habíamos visto por la mañana desde la terraza del hotel Alka; ¿qué mejor situación para aportar unas fértiles tierras para excelentes cultivos? El caserío queda a salvo de las inundaciones que producen las crecidas al situarse en una plataforma que se eleva unos 80 metros sobre el Ganges y el Varuna, un afluente que discurre por el Norte y desemboca a su Este, más allá del extrarradio. Esta gran extensión continua y seca de tierra, ha sido un caldo de cultivo para inmejorables asentamientos muy antiguos, que algunos remontan a seis milenios y que todos parecen coincidir en tres, aunque los historiadores no alcanzan a fijar su origen exacto. La opinión más extendida la sitúa entre la confluencia del gran río y su afluente, otros entre el Ganges y otro afluente, el Assi, del que únicamente queda un Ghat que recuerda su existencia y que se situaría unos seis kilómetros al Sur.

 

Es precisamente de estas hipótesis de donde arrancan los significados etimológicos de su nombre. Unos dicen que de la unión de los ríos Varuna y Assi, otros apuestan a que coincide con el nombre antiguo del Varuna, Varanasi, que deformado por la pronunciación inglesa llegó a occidente como Benarés. Lo cierto es que en sus tres milenios de historia ha sido conocida como (en orden alfabético) Avimuktaka, Anandakanana, Kashi, Mahasmasana, Surandhana, Vardha Brahma, Sudarsana y Ramya, pero quizás sea Kashi o “ciudad luminosa” es el que más ha perdurado en la memoria de sus gentes. Considerada como importante centro de la cultura, lugar de aprendizaje de la literatura, el arte y la cultura en general, tal como aparece en el Rigveda o Kasikhand y en los también textos del Skanda Purana. Siempre fue considerada ciudad santa, la ciudad viva más antigua de la India e incluso en toda la historia de la humanidad.

el libro de rezos a Hanuman

Su historia está salpicada de muchos y célebres hitos, desde ser conocida como la capital del reino de Kashi en el siglo VI aC, en la época de Buda, o que el viajero y monje budista chino Xuanzang en el siglo VI la mencione como un importante centro cultural y religioso, centro de peregrinaje tanto del hinduismo como del budismo. Y que afortunadamente, no todos los emperadores mogoles fuesen como Aurangazeb, destructor de gran cantidad de templos para reemplazarlos por mezquitas; la actitud de Akbar fue condescendiente con la confesión hinduista. Fueron los posteriores reyes marathas, fieles seguidores de la Trimurti, quienes dieron un fuerte impulso a la ciudad, impulso incluso continuado durante el dominio colonial inglés por los distintos maharajás dependientes de los británicos. Importante centro comercial y religioso, ya por entonces comenzaba a ser conocida como foco turístico. En 1947, con la independencia, entró a formar parte de la Unión de la India e incluida en el Estado de Uttar Pradesh.

 

Algo saturado y embotado con tanta historia le comenté a Francisca por qué no nos arreglábamos y bajábamos a recepción, quería aprovechar el tiempo muerto para descargar las fotos. Se acercaba la hora de la partida al templo de Hanuman y ella ya me había comentado en la piscina que se quedaría en el hotel; la acompañé al comedor y le indiqué al servicio que cargaran la cena a la habitación, a la que me acerque a dejar la mochila; Marco nos había avisado de que no podríamos hacer fotos, así que tan solo me quedé con el pasaporte, por si las moscas. Ya comenzaba a anochecer y poco a poco nos íbamos reuniendo en recepción; cuando llegó el guía salimos en busca de unos taxis, nos dijo que el trayecto era más largo y que iríamos más cómodos en coche, aunque fuese un poco más caro. Al final tuvimos que optar por rickshaws, ya que no conseguimos que se detuviese ninguno, todos pasaban de largo frente al Ideal Tower.

 

Nos acomodamos en tres de estos socorridos isocarros, tomamos por Mall Rd dirección Sur hasta llegar al cruce con Mahmoorganj, allí torcimos hacia la izquierda en busca del río hasta la plaza de Rath Yatra girando a la derecha por Kamachha Rd, continuando por Durgakunda Rd y Sankad Mochan Rd, dejamos atrás los templos de Durga y Tulsi Manas hasta llegar al parque en el que encontramos por fin nuestro destino. El tráfico intenso, la rapidez de nuestros conductores y los más de siete kilómetros recorridos provocaron que el final de la carrera fuese recibido con satisfacción, aunque aún tuviésemos que caminar unos doscientos metros hasta la entrada del recinto religioso. Nuestro guía nos recordaba que no podríamos hacer fotografías y que nos requisarían todas nuestras pertenencias en el control de acceso, igual que en la mañana nos hicieron en el templo de Vishwanath. El motivo que originaba tal celo no era otro que el acto terrorista que se perpetró aquí en el año 2007; las crónicas cuentan que detonaron tres explosiones mientras se celebraba una boda con la asistencia de gran cantidad de fieles. Aunque los cultos se reanudaron casi inmediatamente tras lo ocurrido, provocó el establecimiento del riguroso control militar que aún hoy continúa.

baño en Munshihat

Después de un chequeo en el que me requisaron hasta el paquete de tabaco y el encendedor (al menos me dejaron el pasaporte), por fin accedimos al recinto religioso en el que se encuentra el popular templo de Sankat Mochan Hanuman, el dios liberador de angustias, uno de los templos consagrados al dios hindú mono, avatar de Vishnu. El lugar estaba bastante concurrido y nuestro guía nos aportó bastante información un poco antes de entrar; la masiva asistencia de fieles se basa en la creencia de que el visitante regular tendrá satisfechos sus deseos, circunstancia que favorece la peregrinación de hindúes de todos los lugares y edades, los días fuertes son los martes, el día de ayer, y los sábados, cuando se montan grandes colas para ofrecer plegarias y cantar el “Hanuman Chalisa” y el “Sundarkand” y así obtener beneficios. Nos contó que el lugar donde nos encontrábamos está cerca del que pudo ser el cauce del río Assi, próximo a los templos Durga y Vishwanath; también que la construcción del templo original se atribuye al poeta Tulsidas, quien vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII,el que fuese autor del Ramacharitamanasa, famoso texto épico considerado como una revisión del Ramayana de Valmiki, poeta que vivió entre los siglos I y III aC. La construcción actual es de 1900, promovida por el luchador y educador Pandit Madan Mohan Malviya (1861-1946), notable político impulsor de la Independencia de la India y fundador de la Universidad Hindú de Benarés, a escasos 500 metros de allí.

 

Desde el control cruzamos por un paseo en la zona arbolada hasta llegar a un conjunto de edificaciones; en la construcción principal se agolpaba una inmensa cantidad de fieles, era prácticamente imposible acceder, al fondo de la sala difícilmente se podía adivinar la murti del gran mono, quienes tomaban unos cuadernillos rojos con la figura de Hanuman −interpreto que textos védicos− rezaban en voz alta. No sé si debo decirlo, pero cogí uno de recuerdo, pues ya que no podía hacer fotos, con algo tendría que perpetuar nuestra visita. Frente a nosotros había otra sala menos concurrida con una talla que imagino de Rama, a la que nos acercamos; mirábamos sorprendidos tanta agitación, la visita nocturna quedaba iluminada con unas pocas bombillas que le daban al ambiente un tono amarillento muy particular. Entre las edificaciones había otras salas a modo de mandapas; nos acercamos a una donde un brahmán ofrecía agua que sacaba con un cazo de una especie de estanque, de donde unos fieles y nosotros mismos nos atrevimos a beber.

 

Cuando salíamos Marco nos volvió a contar algunas curiosidades más de tan sorprendente lugar: «¿Sabéis que todos los años en abril se celebra aquí un importante festival de música y danza indias que tiene ya casi un siglo». Se refería al "Sankat Mochan Sangeet Samaroh", participan un buen número músicos y artistas de toda la India que consideran un honor poder actuar en tan sagrado recinto; dura cinco sesiones nocturnas, hasta el amanecer, y se celebra en el patio y las mandapas de donde venimos. También nos comentó que en 1982 la Fundación Sankat Mochan comenzó a trabajar en la limpieza y mejora del Ganges con las ayudas económicas que recibía de los gobiernos de Suecia y USA; su importante labor fue reconocida en 1992 con el premio “Global 500 Roll of Honour” dentro del Programa de las Naciones Unidas para la Conservación del Medio Ambiente y que en 1999 recibió el premio “Héroe del Planeta” de la revista TIME.

el baño en el Ganges, higiénico rito

Ya nos quedaba poco más que volver, recogimos nuestros bártulos en el control, un policía me devolvió sonriente el tabaco y el encendedor, parecía decirme con su mirada ¿creías que no lo ibas a recuperar? Comenzamos a buscar unos rickshaws que nos permitiesen volver al grupo completo; las gestiones del joven Marco tuvieron que ser más que intensas, al inevitable regateo se unía que otros pasajeros locales querían arrebatar nuestros vehículos. La vuelta la realizamos en silencio, las calles estaban desiertas, algunas pequeñas camionetas del servicio de limpieza y barrenderos que recogían residuos solo en las calles más transitadas, en otras era triste ver como gentes dormían en las aceras, los más afortunados sobre cartones. Cuando llegué a la habitación, tal y como quedamos, la puerta estaba atrancada con una tarjeta que pedí en recepción; entré descalzo, pues en la puerta me quité las zapatillas para no despertar a Francisca, y con la poca luz de la noche que entraba por las ventanas me desnudé y me acosté. Antes de coger el sueño ella me preguntó: «¿Cómo ha ido todo?», le respondí que bien, ya mañana le contaría.

 

El despertador sonó a las cinco, intenté hacer poco ruido, decidí que un enjuague de la cara era suficiente aseo ya que dentro de dos o tres horas volvería purificado. Y os preguntaréis a qué se debía tal madrugón; he olvidado mencionar que el día anterior por la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del hotel Alka, Marco comentó: «Mañana temprano me bañaré en el Ganges». No sé quién fue, seguramente Gema, pero le recriminó: «Tú estás loco». Yo no perdí la oportunidad y dije: «Loco porqué, yo me apunto, ¿te importa?». Ander que escuchaba se unió a la iniciativa, así que éste es el origen de tal madrugón.

 

Llegué antes de las 5:30 a recepción, me asomé a la puerta del hotel, poca gente aún por la calle, por supuesto de noche, y no tardaron en llegar Ander y casi detrás Marco, que a pesar de ser el último nos apremiaba. En un rickshaw nos acercábamos a la vieja Varanasi que comenzaba a despertar. A sabiendas que estábamos fuera de programa, caminábamos rápido desde el cruce de Bulanal Maidagin, Lahurabir y Luxa, donde quizás viéramos por última vez la iglesia pentecostal; por Dasaswameth llegamos hasta el Mercado de Verduras, que dejamos a nuestra derecha para introducirnos en el caserío en dirección Sur, en busca de Munshighat (GE 25º18’06.17”N − 83º00’28.15”E, elevación 72m). Por el camino ya nos iba clareando y como era de esperar, cuando llegamos era totalmente de día, aunque el sol aún no había aparecido por el horizonte.

Varanasi nos despide

Hicimos una única paradita, comenzaban a montar los puestecillos ambulantes, me sorprendía la existencia de muchos donde una mínima mesa plegable exponía manojitos de tronquitos de un verde pálido. Le pregunté a Marco para qué eran aquellos palitos, obviamente sabía que iba a obtener una respuesta certera. Los utilizan para limpiarse los dientes, son baratos y además tienen propiedades desinfectantes; −¿sabes de qué árbol es?, añadí−, y cómo no iba a saberlo. Se trataba del neem (Azadirachta indica), una especie de rápido crecimiento y gran porte originaria de India y Birmania; sólo vive en regiones tropicales, aunque actualmente se ha aclimatado en otras que presentan idénticas características climáticas. Tiene abundante follaje, aunque en ambientes agresivos pierde bastante hoja, incluso todas; su corteza es dura, parecida a la de los olmos; las hojas son verdes oscuras, de bordes dentados y agrupadas, del tipo compuestas; las flores son pequeñas, blancas de olor agradable; su fruto es una baya parecida a la aceituna. La verdad es que es una especie arbórea muy estimada por sus infinitas bondades; resistente a la sequía y que se adapta a diferentes tipos de suelo, favoreciendo su cultivo en reforestaciones, a estas ventajas hay que añadir su excelente absorción de CO2; es utilizado en la industria de los cosméticos, como fertilizante orgánico, y por sus excelentes propiedades como insecticida y repelente. Pero, donde es una verdadera estrella es en las medicinas ayurvédica y tradicional, en la occidental, donde se utiliza en tratamientos contra el cáncer o SIDA, en las afecciones cardíacas, diabetes, úlceras, encefalitis o alergias, en tratamientos contra el acné, herpes, soriasis, incluso la caspa y no sé cuantas cosas más. Extrañamente muchos de estos tratamientos no tienen base científica y únicamente son sostenidos por la cultura tradicional. Pero realmente, ¿qué más da?, ellos utilizan estos palitos, estas ramitas de neem para lavarse los dientes, que se restriegan a modo de cepillos; compré un pequeño manojito por 30rp, menos de 50 céntimos de euro, que me llevo de recuerdo. Y, lo más curioso de todo, es que ahora los alemanes vienen y nos dicen que han descubierto que previene de las caries dentales.

 

Salimos por el lateral izquierdo del antiguo palacio de Darabhanga, el que construyera la familia real del estado-reino de Bihar a finales del siglo XIX. Este bello edificio de arenisca presenta una espectacular fachada al río, dos plantas resueltas con arcadas y terrazas de inspiración occidental sobre un muro ciego, que supongo salvará el desnivel de la plataforma de la ciudad con la orilla; a este frente se le adosan unos bastiones octogonales rematados por terrazas y cenadores que recuerdan a los chatris de la arquitectura mogol. Pero quien construyó el ghat fue el ministro de finanzas Narayana Munshi en 1912, del que adquiere su nombre, el que fuese el segundo propietario del palacio. A finales del pasado siglo fue adquirido por la cadena de hoteles Clarks con objeto de convertirlo en un establecimiento de lujo, cinco estrellas. Sus obras se han paralizado varias veces ante la carencia de las infraestructuras básicas del entorno, pero afortunadamente esto apenas se aprecia en su fachada al Ganges.

 

Y allí nos encontrábamos, en los peldaños superiores de las gradas, invitándonos a sumergirnos. A media escalera dejamos nuestras mochilas, sacamos las toallas y nos desnudamos hasta quedar en calzoncillos; aunque serían las seis y media, ya apetecía un baño, cogimos unos botecillos de shampoo del hotel y descendimos hasta las aguas −incluso narrándolo aún me emociono−. Nos metimos en el agua, y no estábamos solos en esa inmensa bañera de té masala, era un verdadero placer compartir el baño matutino con los varanasis; primero hasta las rodillas, después por la cintura, pero para lavarse el pelo y la cara había que sumergirse. Marco nos indicó que para obtener de la diosa Ganga su bendición había que realizar tres inmersiones seguidas, que serían nuestras abluciones, y así lo hicimos. Disfrutando de estos mágicos momentos, le pregunté a Ander si traía su cámara −por supuesto, respondió− «¿Por qué no le decimos a esos dos guiris que nos hagan una foto?», añadí, y para más INRI resulta que eran vacos, una pareja de jóvenes con la apariencia de aquellos hippies que antaño venían a Benarés como a la tierra prometida.

 

Lo primero, cuando detectamos que éramos todos españoles (pese a quien le pese), nos dijeron sorprendidos: «Pero que hacéis, estáis locos», parecía preocuparles que estuviésemos bañándonos en uno de los considerados ríos más sucios del mundo. Aunque yo pensaba, si Ander, que es médico internista y que trabaja en la sanidad vasca, se baña, ¿no es esa circunstancia una autorización expresa? Pero esto en la India es casi inevitable, en sus 2.500km las aguas discurren por áreas densamente pobladas, en él desaguan otros grandes ríos, entre ellos el Yamuna, y a la explotación comercial se une el aumento de la población de las ciudades de su cuenca. La falta de depuración de los vertidos, tanto industriales como fecales, son el origen de los altos límites de contaminación bacteriológica, que aquí en Varanasi se hacen bastante palpables; se estima que el contenido de bacterias fecales es de 60.000 cada 100 mililitros, y si pensamos que se establece el límite de riesgo para el baño en 500, lógicamente puede pensarse que estamos haciendo verdaderamente una barbaridad. Y si habláramos del consumo de sus aguas, cuando recuerdo haberlos visto lavándose los dientes, me da hasta grima, pues el riesgo de infecciones es total. Como mencioné antes, los esfuerzos de la Fundación Sankat Mochan resultan obviamente escasos. Pero allí estábamos y las fotos atestiguan la realidad de nuestra proeza, ahora puedo decir que Shiva me bendijo en las aguas del Ganges.

 

Tocaba marcharnos, lo cierto es que las expresiones de felicidad y complicidad de los tres eran envidiables, sonreíamos mientras nos secábamos y vestíamos, pues lo habíamos conseguido y no son muchos los occidentales que se atreven a ello. Iniciamos la subida de las gradas y entre el palacio y una gran pared ciega en la que se leía «Munshighat» a la izquierda, me figuro que lo mismo en hindi a la derecha en grandes letras granates sobre la pared de color arenisca, nos volvimos a adentrar en el caserío. Callejeábamos buscando la iglesia pentecostal al final de Dasaswameth Rd. En el camino Marco nos dijo que le esperásemos, entró en una de esas tiendas en las que venden productos ayurvedicos, nosotros también le acompañamos, quería comprar unos complejos vitamínicos, unos botecitos con unas píldoras confeccionadas únicamente con hierbas medicinales; me convenció que eran fantásticas y también compré otro, no eran ni baratos. Mientras él miraba mas productos ojee una libreta de hojas y pastas rústicas que me dijeron estaba hecha a mano, y la verdad es que parecía cierto, termine llevándomela. Después de las compras volvimos a callejear, el Ghat estaba bastante alejado de nuestro destino, así que nuestro guía nos volvía a apremiar, porque aunque hoy partiríamos a las nueve, aún había que desayunar y preparar el equipaje, dejábamos el Ideal Tower destino Amristar.

 

Íbamos caminando cuando salimos a una calle algo más ancha, allí se encontró Marco con un singular mendigo, tendría unos cuarenta años y unas de sus peculiaridades fisonómicas era un brazo inútil, tullido, el derecho. En estos dos días ya se le había acercado en otras ocasiones, cada vez que lo veía le hacia una fiesta y es que nuestro guía siempre le daba una propina. Le pregunté sobre quién era, y nos contó que en todas las visitas que había realizado a Benarés, y ya eran tres, siempre que se veían le daba una propina y que por ello solía acercase en busca de la dádiva. Así fue como conocí su triste historia. Era conductor de un moto rickshaw, pero hace unos años tuvo un desgraciado accidente con un coche, que además de destrozarle su medio de vida lo dejó mal parado, perdió la movilidad de su brazo derecho, y se ha visto obligado a vivir de la mendicidad para poder sacar adelante a su familia, mujer y cuatro niños. Quedé tan conmovido que me metí la mano en el bolsillo y cuando saqué un billete de 200rp, unos tres euros, supe que eran para él; cuando se los di me dio o nos dimos un abrazo, saltaba de alegría. Pensad que cuando un indio da una limosna a un mendigo conciudadano suele entregar unas monedas de rupia o fracción; cuando el que la ofrece es un turista suele ser un billete de 10rp, unos 15 céntimos; lo más seguro es que le hubiese aliviado durante un buen puñado de días. Cuando detectó que buscábamos un rickshaw para regresar al hotel le dijo a Marco que lo siguiéramos; llegó a uno que estaba en la acera, intercambió unas palabras con el conductor en hindi y lo cierto es que aunque estaba dispuesto a llevarnos terminaron de bronca, continuamos por la calle y encontró a otro, con este sí llegó a un acuerdo, no recuerdo cuánto costó la carrera porque al final del recorrido pagó nuestro guía. Antes de subirnos nos despedimos y volvimos a abrazarnos.

 

Cuando llegamos al Ideal Tower fuimos directamente al comedor a desayunar; allí en una mesa estaban Toño, Lidia y Francisca, desayuné con ellos y los puse al tanto de todas las peripecias de tan ajetreada mañana. Regresamos a la habitación donde realicé el tradicional aseo occidental con ejercicios, una buena ducha y limpieza de dientes, no con los palitos de neem que traía, sino con dentífrico, recogimos nuestros equipajes y bajamos a recepción, aboné almuerzo y cena pendientes y dejamos la llave. Aún nos dio tiempo de fumarnos un pitillo mientras se reagrupaban el resto de compañeros. Nuevamente me encontraba bastante satisfecho de la visita, aunque es cierto que nos quedaron muchas cosas por ver en esta maravillosa ciudad; quizás haber recorrido algunos ghats más o visitar otros templos, como el de Durga Mandir de estilo Nagara del siglo V o el más moderno del XVIII, o el de Tulsi Manas construido hace escasos 50 años en honor a Rama y que guarda cierto parecido con el de Bharath Mata. Pero bueno, como he pensado en otras ocasiones, será un motivo más para volver. Antes de subir al autobús camino de Sarnath me despedí de Vimal con quien me hubiese gustado compartir más momentos.

Complejo Arqueológico de Isipatana

SARNATH O ISIPATANA

 

Salimos en dirección Este por The Mall Rd, al cruzar el puente sobre el Varuna continuamos por Cachehari Rd girando a la derecha por Rishpartan Rd desviándonos por Asok Rd, al kilómetro encontramos la desviación que nos llevaría directamente al Parque Arqueológico de Isipatana, en Drampal Rd, todo este recorrido lo realizamos por carreteras locales que discurren por zonas semi urbanas en las que el caserío obviamente de extrarradio, construcciones aisladas que tejen todo el territorio. Tardaríamos unos tres cuartos de hora en estos 13 kilómetros hacia el Norte y relativamente próximo a Benarés. Junto al complejo arqueológico esta la población de Sarnath, que además de subsistir de la agricultura vive de este importante foco turístico, aderezado por constante peregrinaciones y celebraciones budistas en torno al Parque de los Ciervos en el que dicen Buda dio su primer sermón, enseñó el primer Dharma, y donde se estableció la primera comunidad budista o Sangha. Muy cerca, a un kilómetro hacia el Norte, está la pequeña población de Singhpur, en la que dicen nació Shreyansanath, el undécimo Tirthankara jainista, un templo dedicado a él se encuentra a escasos metros de la gran estupa de Dhamekh, que recuerda lugar exacto donde Gautama al parece dio el sermón.

 

Quizás se sintiese iluminado por las aguas del Ganges, pero pronto Marco nos volvía a sorprender tomando el micrófono. Decía sentirse emocionado de saber que pisaba la misma tierra que hace ya tantos siglos había pisado Buda. Apenas necesitaba mirar las notas de su libreta, parecía que este lugar le volvía a embargar tanto como Varanasi. Como era de esperar si la historia de los distintos monumentos es importante en este caso, el lugar en si ya tenía un buen número de leyendas que narrar. −Como comenzar, Sarnath o Isipatana, son innumerables las leyendas, pero todas parecen coincidir en la existencia de un santuario para los ciervos−. Todas estas historias que se cuentan nacen de la tradición budista; una de ellas quizás la más bonita habla a través de un ser iluminado o Bodhisattva que a su vez era un ciervo, un ciervo que ofrece su vida al rey que intentaba cazar una cierva, tan impresionado quedó el monarca que convirtió los terrenos de caza en un santuario para estos animales, dicen que ese lugar es Isipatana.

 

Otro de sus orígenes lo encontramos en las primeras escrituras budistas de la escuela Theravada, en ellos se menciona el lugar relacionado con la aparición de Buda, del que además dice: a él deberán peregrinar sus seguidores. Según algunas leyendas, cuando Buda nació como hombre, como Gautama, algunos devas o seres humanos extraordinarios vinieron a anunciarlo a 500 santos y sabios rishis, desapareciendo en el aire (del Himalaya); Isipatana se llamaba a estos sabios: isayo ettha nipatanti uppatanti Cati-Isipatanam que podría traducirse por: “bajarse aquí o comenzar a partir de ahora su vuelo aéreo”.

 

Y la leyenda se torna en historia cuando cita este lugar como aquel al que peregrinó Gautama Buda después de alcanzar la iluminación bajo el ficus religiosa de Boda Gaya. Llegó aquí, a Isipatana con sus compañeros, los cinco monjes Pañcavaggiya. Después de dar su primer sermón también conocido como Dhammacakkappavattana o la “puesta en marcha de la rueda del Dharma”, los que consideró capaces de extender sus enseñanzas, el Dharma, ya ellos también habían alcanzado la iluminación. De esta forma queda fundada la primera comunidad monástica de iluminados o Sangha, que rápidamente aumentó hasta los 60 monjes arhat, arhat es el que alcanza el estado del nirvana. Buda les indicó que viajaran solos, a distintos lugares a enseñar el Dharma. Se menciona que el maestro posteriormente dio varios sermones más o suttas en Isipatana. Y la historia se torna en realidad cuando es la arqueología la que testifica.

vihara de Mulagandhakuti

Desde la antigüedad se quiso inmortalizar este lugar, se menciona un pilar de piedra que marcaba el lugar exacto y una estupa próxima donde sus cinco primeros discípulos meditaban mientras lo esperaban. Otra se erigió para marcar el lugar donde 500 Patryekabuda (monjes) alcanzaron el nirvana. También se cita la construcción de un edificio en el que bodhisattva (ser que busca el conocimiento) Maitreya se convirtió en Buda. Y quizás donde la arqueología tiene más fortaleza histórica fue cuando en el siglo III aC el emperador Ashoka de la dinastía Maurya, seguidor ferviente del budismo construye una gran estupa en su honor según queda datado en una de sus “columnas”. Un siglo más tarde se recogería en los textos theravadas como, una gran comunidad de monjes budistas continuó creciendo en Isipatana; la cercanía con Varanasi favoreció su florecimiento, siempre apoyada por la alta burguesía y sus gobernantes. Entre los siglos IV y VI durante la edad de oro de la India, con el florecimiento del Imperio Gupta, Sarnath se convirtió en un importante centro para las artes, se establecen aquí las primeras escuelas budistas de Sammatiya y Vajrayana; más tarde, en el siglo siete, en las crónicas del viajero y monje budista chino Xuanzang se menciona que más de 3.000 monjes estudiaban y vivían en las más de 30 viharas (monasterios) de Isipatana; un momentáneo punto final se produjo a finales del siglo doce, cuando llegaron los musulmanes persas y posteriormente los mogoles, saqueada Sarnath, muchos de sus templos derruidos fueron utilizados como material de construcción. Seria el arqueólogo e ingeniero del ejército colonial británico Alexander Cunningham (1814-1893) conocido como padre del Servicio Arqueológico de la India, agencia gubernamental del Departamento de Cultura y su primer Director General, quien encontró en el bosque de Migadaya en la moderna Sarnath la legendaria Isipatana, donde la mayoría de las construcciones eran los restos que dejaron las hordas musulmanas, afortunadamente no pudieron con la impresionante dagoba de Dhamekh.

 

No debemos de pasar por alto de que Sarnath o Isipatana, cómo lo queramos llamar, es uno de los cuatro lugares que el propio Gautama indicó debían ser objetos de peregrinación; a este le sumamos Lumbini, donde nació Siddhartha, Bodh Gaya, allí está el árbol de bodhi, el ficus religiosa bajo el cual encontró la iluminación y, Kushinagar donde buda alcanzó el paranirvana después de su muerte. Aquí peregrinan fieles llegados de cualquier lugar de la India y de los países extranjeros por excelencia budista, Tíbet, Japón, Myanmar, Sri Lanka y Tailandia.

el llamador bonshó del porche de Mulagandhakuti

Nuevamente habíamos escuchado con tanta atención a nuestro joven guía que cuando terminó, el autobús estaba estacionándose en Dharmapal Rd, frente al acceso del recinto arqueológico habilitado exclusivamente para la visita a la Vihara de Mulagandhakuti. Nos solicitaba Bajar rápidamente, allí no podía permanecer el vehículo, el tráfico obligaba. Marco se acercó a la entrada, donde paciente esperaba el guía local para la ocasión, Makhu que previamente había resuelto nuestro acceso al recinto arqueológico. A medida que íbamos cruzando la verja metálica, nos contaban, uno, dos, tres, no podía quedarse nadie atrás. Al fondo de una calle pavimentada que arrancaba en la puerta se veía la vihara, nombre que reciben los monasterios budistas (los templos se llaman chaitia), éste es el único dedicado al culto dentro del recinto. Muy cuidados están los jardines a ambos lados del camino, bordeados por unos setos recortados en el se suceden unas farolas y unos candiles de piedra, en los bordes más alejados, dos alineaciones de falsos asokas parecen acotar la parcela de la Fundación.

 

Al acceder a su interior quince monjes con túnicas azafrán recibían la visita de un grupo de otros tantos fieles japoneses, hombres y mujeres tocados en este caso con túnicas de color lila claro. El edificio es de relativa y reciente construcción, la guía Lonely cuenta que fue promovido en 1931 por la Sociedad Mahabodhi supuestamente sobre las ruinas de una estupa, que ya antaño marcaba el lugar donde Gautama pasó su primera temporada de lluvias en Isipatana. Su tamaño es pequeño, consta de una sala de unos 10x20 metros orientada N-S; en su extremo septentrional está la capilla o el equivalente al vimana hinduista, la cubierta se remata con una esbelta pirámide, parecida más a un gopuram que a una sikhara, que a su vez queda coronada con una campana. La capilla la preside una estatua dorada de Buda en la posición del loto, sus manos y dedos representan el mudra de “dharmachakra”, dicen que encierra unas reliquias de Gautama procedentes de la ciudad del Punjab paquistaní Taxila, veneradas por los fieles en la festividad de la luna llena, en el Karthik Purnima; unas preciosas flores de loto acompañan al maestro. El extremo Sur esta resuelto con una pequeña pieza arquitectónica que recuerda a los “nartex” de nuestras iglesias católicas, un elemento a modo de portal que queda flanqueado por dos pequeñas torres también rematadas exteriormente con sendas campanas. La sala principal carece de mobiliario, tan solo unos rudimentarios ventiladores de pie sofocan el abundante calor; sus paredes están decoradas con unos frescos que realizó allá, entre 1932 y 35 el artista japonés Kosetu Nasu en los que se representan algunos episodios de la vida de Gautama. En el frente y dejando un ámbito abierto a modo de porche hay una curiosa portada, un templete coronado por una campana mucho mayor y en una posición más baja que las anteriores; en el techo del espacio interior abierto cuelga un precioso llamador de bronce, que por su forma, diría que es del tipo “bonshó” posiblemente regalada por la comunidad budista japonesa. La construcción se alza algo menos de un metro sobre una plataforma a la que se acceden por unas escaleras situadas, tres en el frente y dos en los laterales.

 

Saliendo, hacia la derecha pudimos contemplar el ejemplar del árbol de Bodhi tan venerado por los budistas, aparecía dentro de uno de esos corralitos, como en tantos aquellos que acompañaban las dagobas de Sri Lanka, este ejemplar, como no podía ser de otra forma, también dicen que procede de un esqueje del famoso ficus religiosa, del Sri Maha Bodhi que tuve la suerte de visitar hace dos años en Anuradhapura en la Perla de la India; una placa data su plantación en 1931 por el fundador de la Sociedad Mahabodhi, Sri Devamitta Dhammapāla. Mahabodhi es una sociedad budista creada en Colombo, la capital de la mítica Lanka en 1891, país budista por excelencia; el objetivo no era otro que el de recuperar el budismo en la India ante la hegemonía del hinduismo, devolver el esplendor a sus primordiales lugares sagrados. Sus intervenciones más significativas las realizaron a finales del siglo diecinueve, entre ellas, la recuperación del templo de Mahabodhi en Bodh Gaya (bajo la confesión hinduista en aquellos años) o, la construcción de esta Vihara sobre las supuestas ruinas del lugar donde Gautama pasó su primera temporada de lluvias en Sarnath y la no menos importante, realizada el sitio del paranirvana (último nirvana) de Buda en Kushinagar, la ciudad donde se sitúa la muerte de Gautama, en Uttar Pradesh. Fue a la salida, y mientras nos calzábamos en la escalera de la fachada Oeste, cuando Makhu nos relató estos episodios que acabo de mencionar.

 

Desde allí tomábamos un camino sombreado por dos alineaciones de enormes árboles “falsos asokas” cuyos troncos aparecían coloreados con las tres franjas algo descoloridas de la enseña nacional, el fondo de la perspectiva lo cerraba la majestuosa gran dagoba de Dhamekh. Amén de las innumerables fotos que hicimos en el camino a algunos chiquillos que se nos acercaban pidiéndonos pen, rupias u ofreciéndonos postales, Francisca disfrutaba con sus caras angelicales y los abrazaba, aún le brillan los ojos cuando recuerda aquellos momentos al revisar alguna que otra instantánea que capturé de imágenes tan dulces. Al llegar a la verja la hallamos cerrada, siguiendo los pasos de otros muchos tantos turistas que nos precedían salimos a la calle, el acceso se encontraba al final, en el cruce con Ashoka Marg. Al pasar por el templo jainista de Sri Digamber, el guía local nos advirtió que ese era el mejor momento para visitarlo, sino, se quedaría atrás y habría que volver, nos descalzamos nuevamente (personalmente había decidido meter las zapatillas en la mochila y no ponérmelas hasta el final, cuando montásemos en el autobús camino del aeropuerto, y creo que fue una decisión acertada).

templo jainista de Sri Digamber

Accedimos desde el exterior, el templo se encuentra a escasos 50 metros al Oeste de la gran estupa, en el centro de una parcela de 50x50 metros ajardinada, con una vegetación muy cuidada; una pequeña y coqueta edificación pintada en tonos pasteles de una planta de unos 15 metros de lado rodeado por una galería abierta en sus cuatro costados y en la que destaca en su cubierta una pequeña sikhara dorada; su interior es una única sala de 8x8 de doble altura, sus paredes están decoradas con muchas pinturas enmarcadas de los distintos tirthankaras e imágenes de los templos más importantes del país y, lo que me imagino serán sus enseñanzas o 12 “angas”. En la zona baja había unas puertas amarillas cerradas de unas enigmáticas dependencias perimetrales. En la cara Norte, frente al acceso y en una hornacina aparece sentada en la posición del loto sobre un pequeño trono la figura negra, desnuda y con grandes orejas colgantes del undécimo Tirthankara, Bhagavan Shreyansanath, al que se consagra el santuario.

 

Mientras miraba de nuevo en la Lonely su nombre, “templo Sri Digamber Jain”, Francisca me solicitaba información, me preguntó que durante el viaje habíamos visto muchos templos hinduistas, que ahora entraba en contacto con el budismo del que alguna idea tenia, pero eso de “Jain”, que nueva religión era, de la que oía hablar por primera vez; difícil me resultaba explicarle en pocas palabras que era el “jainismo”. Le conté que en el pasado viaje al Sur del país, en 2010, tuve la ocasión de visitar en Savanavelagola, en el estado de Karnataka cerca de Mysore, la colosal estatua desnuda de Gomateshvara, el Ermitaño del Lago Blanco, quedé tan sorprendido que llegué a interesar por esa religión que tampoco conocía. Debes de saber que el jainismo es una religión india tan antigua como el budismo y que su origen se le atribuye Majavirá el último tirthankar, al rechazar en el siglo VI aC el sistema de castas, la autoridad de los textos védicos y de los brahmanes hindúes. Sus enseñanzas se basan en dirigir las almas a la liberación o estado de moksa. Dos son sus principales doctrinas, ambas desgajadas de la raíz común, la primera son los Swetambara, se caracterizan por ir vestidos de blanco, los otros, los más llamativos, los Digambara, que van desnudos o vestidos por el cielo, no llevan ropa y caminan descalzos, practican el No apego al cuerpo siendo su existencia muy estricta, comen una vez al día, con las manos y de pie, no utilizan ningún tipo de vehículo para el transporte, son extremadamente vegetarianos, no llegan a comer nada que se arranque de su medio de vida, únicamente los vegetales maduros que se desprenden, incluso beben el agua filtrada para no ingerir microorganismos y, es significativo que el cumplimiento de estas normas no es exigido estrictamente a sus seguidores.

interior del templo de Sri Digamber

A menos de un kilómetro de donde nos espera el autobús al final de las visitas, en la avenida de Ashoka Marg, y si siguiéramos en dirección Norte por Rishpattan Rd, llegaríamos Singhpur, un pueblo donde dicen nació el duodécimo día del mes Phalgun del calendario indio, Bhagvan Shreyansanath, el undécimo tirthankara, siendo los reyes Vishnuraja y Vishna sus padres. Vivió durante 84 años, de ellos 21 como asceta para después de más de dos meses de meditación convertirse en un Siddha o el que ha alcanzado la salvación. Por lo que este templo dedicado a él es un importante lugar de peregrinación para los jaines o jainistas. Y te preguntarás que es un Tirthankar o también conocidos Jinas, su propio nombre ya nos da una pista, pues significa victorioso, considerados los modelos y líderes a seguir para aquellos que buscan un guía espiritual; ayudan a lograr la liberación y la iluminación, a cruzar el gran océano de la vida mundana, son los precursores de la liberación del ciclo nacimiento y muerte. Fueron 24 los que desde tiempos remotos revitalizaron el jainismo hasta su fundación por el último, Majavirá, quien ordenó a sus seguidores en cuatro ordenes: monjes (Sadhus), monjas (Sadhvis), laicos cabezas de familia masculinos (Shravaks) y laicos cabezas de familia femeninas (Shravikas). Quizás sea excesiva información, pero la realidad es que la tradición religiosa india es muy compleja y si no fuese por que llevo años leyendo de esta rica cultura, difícilmente la conocería. Algunos me acusan de corta y pega, que piensen lo que quieran, estuve Savanavelagola y ahora visitaré el lugar del primer sermón de Siddhartha bajo la estupa de Dhamekh. También Marco ayudó aportando sus conocimientos.

 

Dimos por terminada la visita tañendo una pequeña campana que colgaba del techo en la salida. Regresamos a la calle y justo en la esquina de Dharmapal Rd con Ashoka Marg volvimos a regresar al recinto, por las ruinas monásticas; nos adentrábamos en los restos de la que en su día fue la antigua Isipatana. Ocupa una superficie aproximada de unas cinco hectáreas, y aunque todas las vistas se dirigen inevitablemente a la dagoba de Dhamekh iniciamos el recorrido entre las ruinas de dos viharas (monasterios) del siglo quinto. Los restos de sus cimientos de ladrillo dibujaban perfectamente sus plantas en el suelo, en la mayor de ellas de 30x30m situada a la derecha se distinguían perfectamente celdas monacales alrededor de un patio. Un poco más adelante y a la izquierda quedaban otros cimientos también de ladrillos, cerca de estos restos aparecen otros de piedra, corresponden al deambulatorio de la estupa de Dharmarajika, según la guía está datada su construcción en un periodo anterior al reinado de Ashoka, datos que se contradicen con la información con un panel próximo y que seguramente con mayor certeza ilustra su pasado, acompaño a continuación su texto y traducción al castellano; en el mismo se afirma que fue promovida por el propio emperador Maurya, el resto de la información coincide, la relativa a su derribo en el siglo 18, así como que fueron entregadas al Ganges las reliquias que custodiaban en su interior, coincide con la Lonely.

restos de antiguas viharas en Isipatana

Dharmarajika stupa was built by Ashoka to enshrine the relic lord Buddha, at the time of its re-distribution to enshrine them, in a number of other stupas at different places it is referred, that king Ashoka opened seven original relic stupas (but for ramgram stupa guarded by the Nagas) and collected relics to erect thousands of stupas and Dharmarajika stupa is one of them. As conclubed by the excavations. Originally it was a small stupa of 13,49m in diameter. Subsequently it was enlarged in six different phases, by raising the height, providing circumambulatory path-latteron shaped as medhi, with monolitic stair cases at four cardinal directions to climb over it, as per available recored this huge structure was unfortunately pulled down by Jagatsingh, a diwan of Raja Chetsingh, king of Banaras, during 1794 AD in order to exploit building materials. In this tragic a relic casket of green marble in side a stone box was discovered. The box is preserved in the indian museum, Calcuta, where as the casket was thrown into river Ganges. Later on during archaeological excavations, two outstanding images. Viz the colosal bodhisttva of Kusana period in red sand stone and an image of seated Buddha in Dharma-Chakra pravartana mudra. Of Gupta period were also recovered from the periphery of this stupa.

 

La estupa Dharmarajika fue construida por Ashoka para consagrar las reliquias originales de Buda recogiendo material de otras sietes estupas situadas en diferentes lugares conocidos, (incluso de las de Ramgram custodiadas por los Nagas); el objeto, erigir miles de nuevas estupas y entre ellas Dharmarajika como se concluye por las excavaciones. Originalmente se trataba de una pequeña stupa de 13,49 metros de diámetro, ampliado posteriormente en seis fases diferentes, levantando la altura, proporcionándole un recorrido en deambulatorio al que se accedía por escaleras monolíticas en los cuatro puntos cardinales. Por desgracia, esta enorme estructura fue derribada por Jagat Singh en 1794 con el fin de utilizar los materiales en la construcción de una sala de Audiencias al Raja Chet Singh, rey de Varanasi. Fueron entonces descubiertas unas reliquias en un ataúd de mármol verde al lado de una lápida de piedra, se conserva en el Museo de la India de Calcuta, el relicario fue arrojado al Ganges. Más tarde, durante las excavaciones arqueológicas, dos imágenes excepcionales: Un colosal Bodhisttva en arenisca roja del período Kusana y una imagen de Buda sentado en la posición del dharmachakra pravartana mudra. También fueron recuperados restos de la periferia de esta estupa del período Gupta.

 

Dejamos atrás Dharmarajika y la inmensa cantidad de restos que la circundan que pudiesen corresponder a basamentos de columnas o quizás, ser pequeñas estupas en recuerdos de los venerables monjes que vivieron y dedicaron su vida a la meditación en las muchas viharas que siembran Isipatana. Caminábamos por una senda que deja a la derecha una enorme explanada de césped, algo más de cien metros nos separan de la inmensa mole de piedra y de ladrillo, nos acercamos procesionalmente a la gran estupa de Dhamekh (GE 25º22’51.11N − 83º01’28.31E, elevación 85m), nuevamente recordamos por lo que es mundialmente conocido este lugar, aquí Buda, después de alcanzar la iluminación, dio el Primer Sermón a sus 5 discípulos, entonces era un bosque con ciervos, Isipatana.

la gran estupa de Dhamekh, foto de Toño Gómez

A medida que nos acercamos se va percibiendo con mayor claridad su extraña silueta, aún recuerdo las majestuosas dagobas de la vecina Sri Lanka, semiesferas blancas, tan perfectas, coronadas con aquellos cubos macizos y sus esbeltas agujas. Su forma es chocante, su gruesa mitad baja seguramente sea de ladrillo forrado de una piedra caliza amarillenta se eleva sobre una baja plataforma a modo de deambulatorio, apenas cuarenta centímetros, sin escalones. En la pared aparecen de forma aleatoria, trozos cubiertos con piezas exquisitas talladas en bajo relieve, figuras de seres vivos, dibujos geométricos e inscripciones escritura Brahmi, al perecer cinceladas durante el imperio Gupta, su colación aparentemente arbitraria me obliga a reflexionar sobre su procedencia. Las ocho hornacinas en las que se situaron las figuras de Buda se enmarcan en lo que parecen unos pétalos de flor de loto. Sobre esta base con algo menos de sección aparece el cilindro de ladrillo, que se levanta majestuoso del que se dice inconcluso; me es difícil imaginar como seria con los 91 metros de altura que menciona el panel, casi el doble que ahora. Cuando nos acercamos sentí verdadero placer al acariciar tales piedras milenarias. Le pedía a Francisca que me acompañase a dar las tres vueltas a la estupa por el deambulatorio, como marca la tradición, en sentido horario. Acogidos por su sombra permanecimos cerca un buen rato, volví palpar su piel, a sentirme allí, incluso ya cuando nos marchábamos me resistía a verla por última vez y gire la cabeza. (Para mayor exactitud en sus datos trascribo el panel informativo del monumento).

 

According to an inscription dated 1026 AD recovered from the site its old name was Dharma Charma Stupa. It is perhaps commemorating the spot where lord Buddha preached his first sermon. In search of the relic casket Alexander Cunningham bored a vertical shaf through its centre down to the fundation level and at a depth of 91,4cms he found a slab with the inscription “Ye dharma hetu prabhana hetu” written in the brahmi script of 6th – 7th century AD further bellow he traced out a stupa made of madryan bricks. However the present diameter of this solid cylindrical tower is 28,5 meters at the base and 33,35 meters in heigth. Its total heigth 42,60 meters including the foundation. The structure consists of a circular stone drum upto the height of 11,20 metres from the ground above which, rises the cylindrical mass of brick workabout 6,0 meters above the base, eight niches are provided in eight directions which must have contained images of Buddha. Below them runs a broad course of beautifully carved stones having geometric desings. Swastika, leaf and floral patterns combined with birds and human figures.

 

Según una inscripción recuperada en el lugar y fechada 1026 aC, el antiguo nombre de la estupa era Dharma Charma. Quizá conmemora el lugar donde Buda predicó su primer sermón. En busca de la urna con las reliquias Alexander Cunningham perforó un eje vertical en su centro hasta el nivel de la cimentación, hasta una profundidad de 91,40cms, donde encontró una losa con la inscripción “ye Dharma hetu prabhava hetun” (“todos los fenómenos surgen de causas”) en escritura brahmi de los siglos 6 a 7 aC. Más abajo se trazó una estupa de ladrillos mauryas. Sin embargo, el presente diámetro de esta torre cilíndrica sólida es de 28,5 metros en la base y 33,35 metros de altura del piso. Su altura total desde el suelo es de 42,60 metros incluido el basamento. La estructura consta de un tambor circular de piedra hasta la altura de 11,20 metros de altura por encima del cual, se eleva la masa cilíndrica de fábrica de ladrillo sobre 6,0 metros por encima de la base, ocho nichos en ocho direcciones que deben haber contenido imágenes de Buda. Debajo de ellos se ejecuta una amplia cenefa de piedras bellamente talladas con diseños geométricos: esvástica, hojas y motivos florales combinados con aves y figuras humanas.

 

Dejamos la estupa de Dhamekh y nos acercamos a la verja de un parque que hay en el lateral Norte del recinto, allí vimos unos cuantos de chitales (Axis axis), el ciervo indio, este precioso bambi moteado, mezclados con ellos un blackbuck (Antilope cervicapra) especie amenazada india. En el camino atravesamos algunos restos más de viharas, otro panel informativo nos indicaba que la primera que cruzamos está fechada en el siglo IV, algo más adelante otra del siglo II, restos de cimentaciones y arranques de muros de ladrillo de tejar rojo, en este caso sus plantas eran rectangulares. En las proximidades tres mujeres vestidas con elegantes saris (rosa, rojo y marrón) recortaban el césped una con una pequeña zoleta, otra me pareció que a pequeños tirones con sus propias manos arrancaba tallos más largos, la tercera portaba una gran saca en su cabeza dirigiéndose no se a donde. Marco, que nos acompañaba, dijo que justo frente de la salida estaba nuestro bus y el Museo Arqueológico, cruzando Ashoka Marg quedaba en la esquina de esta calle con Dharmapal Rd. En la puerta ya nos esperaba Makhu que se adelantó para comprar los tiques. Distraídos como íbamos lamento que se quedara sin visitar la ubicación original del Pilar de Ashoka, importante hito que erigió el emperador Maurya hacía el año 250 aC y del que aunque sólo quedasen los restos de su base y el arranque de la columna, después de tanto como había leído de Ashoka y sus edictos reales sobre estas columnas conmemorativas, pasamos tan cerca, una lastima.

más restos de antiguas viharas en Isipatana

Me acerqué al bus por una botella de agua fresca y dejé la mochila, siempre es un gustazo estar con las manos libres, ya nos avisaron −tampoco podéis hacer fotos−. El Museo Arqueológico de Sarnath ocupa el fondo de una gran parcela ajardinada de 100x100 metros, una hectárea ocupada por una gran pradera de césped partida en dos por un camino que desde la puerta de entrada en la calle lleva hasta el edificio principal, inserto en el centro de una gran nave en forma de “U”. Es de dos plantas, aunque el material expositivo accesible se encuentra en la planta baja. Antes de entrar le indicamos a nuestro guía local que donde quedaban los aseos, −en el exterior al fondo del ala derecha−, creo que nos pusimos todos de acuerdo; después de la masiva evacuación comenzó la visita.

 

La pieza estrella del Museo es sin lugar a dudas el famoso León Capital Ashoka, afortunadamente se salvo en la caída que sufrió desde 13 metros de altura el capitel de la columna que coronaba cuando los musulmanes persas destruyeron todos los símbolos budistas de Sarnath alrededor de los siglos catorce o trece. Esta magnifica y espectacular pieza esculpida en un bloque de arenisca tiene más de dos metros de alta; representa a cuatro leones indios situados espalda contra espalda según los ejes cardinales, sobre un tambor cilíndrico decorados con cuatro ruedas de carro de 24 radios en el frente de cada felino en las que aparecen sucesivamente las figuras de un león (N), un elefante (E), un toro (S) y un caballo (O); el conjunto se alza sobre una flor de loto invertida. La rueda que deriva del símbolo budista de la rueda de la vida o “dharmachakra” de ocho radios, aparece como símbolo patrio en el centro de la bandera india. Los leones y el tambor también fueron adoptados como emblema nacional con la Independencia. El guía local, como cualquier buen indio se sentía emocionado ante aquella obra tan importante para su país, nos exaltaba la figura del emperador de los Mauryas y sus importantes edictos difundidos en estas singulares piezas que se solían colocar en los caminos y en otros importantes lugares para que fuesen vistas por el pueblo, nos recordaba que transcurría el siglo tercero antes de Cristo.

 

Makhu que alardeaba de ser un buen lector del futuro aprovechaba la ocasión para acercarse a las chicas, que gozosas se dejaban regalar los oídos con buenas bienaventuranzas, mientras continuamos la visita por el ala derecha. La mayor parte de los fondos del museo proceden de las excavaciones que en su día realizó Cunningham allá por la segunda mitad del diecinueve en Sarnath: objetos domésticos, armas y esculturas, muchas figuras y abalorios budistas de las diferentes dinastías Maurya y Kusana y período Gupta. Destacaban buenas y magnificas imágenes talladas en piedra o bronce de Gautama y Bodhisattva, entre ellas una de un Bodhisattva de pie con un loto a tamaño natural, otra en bronce con numerosos brazos; contemplamos un Buda en la posición del loto o dharmachakra con una mirada contemplativa y de meditación extraordinarias, fechado en el siglo quinto según indica su correspondiente etiqueta. La colección se completa piezas hinduistas de los siglos nueve a doce, muchas procedentes de la cercana Varanasi.

capitel del León Capital Ashoka en un rupia

Cansados o saturados de tanto arte íbamos saliendo desperdigados, unos volvían a los aseos y otros nos encaminábamos a nuestro vehículo, próxima la una de la tarde le pedíamos al conductor que accionara el aire acondicionado. Marco se despedía de Makhu al subir al vehículo, realizando el preceptivo recuento apostilló: −no falta nadie, salimos para el aeropuerto de Benarés−. Se agradecía el descanso y el aire fresco de las toberas superiores de la climatización. El autobús se incorporaba a Rishpattan Rd comenzando a rodar en dirección Sur. Tuve la suerte de caer en la fila de asientos de la derecha y aunque fuese en un visto y no visto, algunas imágenes se grabaron en mi retina de refilón de la importante estupa de Chaukhandi; con la fugaz impresión acudí al dossier y leí: −Hoy es un montículo piramidal de tierra cubierto sobre el que se alza una torre octogonal de ladrillo recientemente restaurada. Se cree que originalmente fue un templo con terrazas construido entre los siglos IV y VI, durante el periodo Gupta en el lugar donde Gautama se reunió con sus 5 discípulos al regreso de Bodh Gaya. Fue derribada por lo mogoles que construyeron la torre en honor a Humayun con ocasión de una visita a Sarnath y que domina esa porción de paisaje.− A los dos kilómetros nos desviamos a derecha en dirección Oeste por Gautam Buda Rajpath Rd, fueron otros cinco kilómetros más con la misma tónica del extrarradio de Varanasi, un paisaje semi urbano, semi industrial y semi agrícola. El último tramo del trayecto lo realizamos por la NH56, carretera nacional que discurre íntegramente por Uttar Pradesh y que une Varanasi con la capital del estado, Lucknow. Entre estos últimos 20 kilómetros y en los anteriores tardamos nuevamente una hora, todos callados, esta vez el cansancio había hecho mella.

 

Sobre las dos llegábamos al aeropuerto de Benarés Lal Bahadur Shastry o Varanasi Airport − VNS, descargamos los equipajes y los carreteamos al interior tras pasar un no muy riguroso control policial. Marco se adelantó a la ventanilla de la compañía Air India para tramitar los billetes, tras repartirlos nos pudimos deshacer de los equipajes, que desde la cinta veíamos como tomaban camino de la bodega; rellenamos la ficha correspondiente al cambio de Estado y pasamos un nuevo control de embarque, quedando a las espera de que nuestro vuelo, el AI971 partiese a las 15:20 con destino al Aeropuerto Internacional de Amritsar “Sri Guru Ram Dass Jee” − ATQ, aún tendríamos algo menos de hora y media de tediosa espera, tiempo para todo. Lo primero fue dar una vuelta de reconocimiento, zona de tiendas, restaurantes y bares, área de embarque y peceras para fumadores. Pensamos que era hora de tomar algo; en uno de los locales Toño y Lidia daban cuenta de unos sándwiches de york con patatas fritas que no tenían mala pinta, decidimos acompañarlos, al poco llegó Marco que se unió al lunch; pedimos unas cervezas y devoramos unos manjares muy bien recibidos, por la hora y por el hambre. −Toño, ¡por qué no buscábamos un lugar para rematar el almuerzo con unos pitillos!−, los tres fumadores quedamos un tanto relegados, el resto de compañeros deambula por las tiendas o placida e impacientemente esperaban sentados cerca de la puerta de embarque. Aún quedaba tiempo y como nuestro guía ya nos había puesto sobre aviso, −el Punjab, los sijs y Amritsar es muy distinto a lo todo lo que ya habéis visto−, pensé que sería buena la ocasión para instruirme, me sentaría y le daría un vistazo a los datos relativos a todo ello que de la wikipedia inglesa tenía recopilado. Aquí y ahora los traslado revisados y filtrados por la realidad vivida.

la buena gente del Punjab, en el templo dorado

HACIA EL PUNJAB

 

Comencé leyendo sobre el estado al que nos dirigimos, el Punjab situado al Noroeste del país y que forma parte de la gran región de Punjab. El rasgo más significativo sin lugar a duda es su población de mayoría sij; limita con Himachal Pradesh, Haryana, Rajastán, Jammu y Cachemira, además de ser fronterizo con el Punjab paquistaní al Oeste; curiosamente su capital Chandigarh se encuentra fuera de los límites del propio estado, la preciosa ciudad racionalista proyectada por Le Corbusier por encargo de Neru con el objetivo de sellar su creación tras la Independencia de 1947. La mayor parte de su territorio se encuentra en una fértil llanura aluvial regada por cinco ríos, como reza su nombre en sánscrito, “panj = cinco” y “ap = agua”; es bordeado al Noreste por las colinas Shiwalik, a los pies de los Himalayas y al Suroeste por el desierto de Thar. Rica en términos de flora y fauna, la llanura carece de bosques naturales, siendo por contra de gran provecho en la producción de frutales. El gusano de seda se cría con gran habilidad e industria, y las abejas producen cera y abundante miel. Los camellos prosperan en las cálidas llanuras del Sur, las manadas de búfalos en las praderas ribereñas de los ríos y los caballos son criados en el Noreste. Los símbolos del estado son el baz, de la familia de los azores (Melierax poliopterus); el blackbuck (Antilope cervicapra), como aquel que vimos en Isipatana y, el sheesham (Dalbergia sissoo) o árbol del palosanto de la India.

 

Sobre su población, recordar que está cercana a los 30 millones y que sus dirigentes están preocupados por la inmigración interior de trabajadores hindúes de otros estados del país (en todos lados cuecen habas). Es aparentemente distinta, hombres altos y fornidos, la inmensa mayoría lucen turbantes sijs, son verdaderamente atractivos. También es distinta su lengua, el punjabi, oficial en el estado y la más hablada en la vecina Pakistán. Y bien que pude percatarme de ello cuando saludé al guía de la agencia local (aportaron el medio de transporte y hospedaje) con el acostumbrado “namaste” hindi, me corrigió en un más que aceptable castellano, −nuestro saludo es “sat sir aka”− obviamente tomé nota. También leí que es una lengua muy arraigada en el cine de Bollywood y ahora es cuando alcanzo a entender el gran número de sijs que vi en mi pasada vista a Mumbay, sede de los celebres estudios, el punjabí se ha extendiendo y es utilizado en la práctica totalidad de las canciones de las películas. La economía es fuerte y productiva, ofreciendo a sus habitantes uno de los niveles y calidad de vida más altos del país. Cuenta con inmejorables infraestructuras productivas y de servicios; sus tierras son fértiles, siendo conocida la región como el “granero de la India”; es un estado predominantemente agrícola y gran parte de la población vive en medio rural. En otro orde de cuestiones, existen varias instituciones de educación superior como la Universidad de Agricultura, institución líder a nivel mundial. El sikhismo es la fe predominante en el Punjab, seguido por un 60% de la población; el hinduismo es la segunda con un 37%; son minoritarios los musulmanes, cristianos, budistas y jainistas, siendo la convivencia pacífica.

 

Al repasar algo de su historia, como en casi toda la India siempre se menciona el Mahabharata, donde el Punjab es Panchanad, perteneciente a los imperios de la época, los Gandhara, Mauryas, Kushan, Gupta, Palas o Gurjara Pratiharas, unidos en la resistencia contra las invasiones que llegaban del Oeste, de las tierras persas, de los arios griegos y escitas o, de turcos y afganos; fruto de esta unidad surgió una rica cultura, mezcla de lo hindú, budista y persa, a la que se añadiría más tarde, los elementos musulmanes, afganos, sijs e incluso británicos. Pero cuando pensamos en el Punjab siempre lo unimos a Pakistán y a una nueva religión monoteísta común cuyo nacimiento arranca en el siglo XV. Fue fundada por Gurú Nanak, el Primer Gurú Sij nacido en Lahore, religión que ha sido clave en la construcción de todos estos territorios y que tiene en Amritsar su centro más importante, ya que aquí construyó el Quinto Gurú, Arjan, el templo Dorado, del que ya nos ha avisado Marco que veremos esta noche. Pero ahora continuemos con los convulsos encuentros entre sijs y colonizadores europeos.

 

Estos territorios fueron ansiados por los británicos, arrebatándoselos en 1805 a los Scindia del imperio Maratha tras vencerlos en la Segunda Guerra Anglo-Maratha. Los sijs dominados quedan bajo la protección inglesa al aceptar en 1809 su gobernante, el Maharaja Ranjit Singh, lealtad al Imperio colonial. Las disputas por el poder tras su muerte en 1846 originan una nueva contienda, la Primera Guerra Anglo-Sikh, de la que nuevamente salen victoriosos los británicos que ceden los territorios reconquistados, a los que se incorpora Cachemira, a la Compañía Británica de la India. A Gulab Singh se le encomienda su gobierno como vasallo británico, incapaz de controlar nuevos disturbios, se desencadena la Segunda Guerra Anglo-Sikh en 1849, convirtiéndose el Punjab en una provincia de la India británica anexionada a la Compañía Británica de las Indias Orientales, en la que los gobernantes locales mantienen cierta autonomía.

masacre de Jallianwala

Hasta la independencia el Punjab siempre es un territorio convulso. El temor a las sublevaciones provocó en 1919 una tragedia que aún hoy día no se olvida, la Masacre en los jardines de Jallianwala, que visitaremos mañana. En 1930 se proclama la independencia de Lahore; que terminará con la exigencia de la Liga Musulmana India de la creación de un estado independiente de mayoría musulmana en 1940, que desembocará en graves disturbios entre islamistas, minorías hindús y sij en 1946, los desordenes no finalizarán hasta la partición del Punjab en distintas comunidades. Ni siquiera con la Independencia del país en 1947 acaban con las tensiones, la población buscará acomodo desplazándose acorde a las creencias religiosas. Parece que todo termina con el reparto de lo que en su día fue el Punjab británico entre India y Pakistán. Una última redistribución de territorios aunque en este caso dentro del propio país parecerá ser el final de las tensiones, en 1966 de acuerdo con la política de estados lingüísticos, se segregan los estados de Haryana e Himachal Pradesh.

 

Parecería que con la Independencia acabarían todos los males, pero el temor a la fortaleza del pueblo Sikh lo heredara el Estado Indio, llegando a tal extremo que, la por entonces Primer Ministro Indira Gandhi, para eliminar los combatientes sijs del Templo Dorado de Amritsar, ordena en junio de 1984, la operación militar Estrella Azul. Tropas con tanques y vehículos blindados del ejército indio asaltan la sagrada Gurdwara; según los comunicados oficiales murieron 83 soldados y 492 civiles, que otras fuentes elevan a 1500, los sikh denominan a lo ocurrido como “la gran masacre” acusando a miembros del ejército del robo de valiosos objetos de la Biblioteca antes de arder en llamas. Lo que para el gobierno fue un éxito, despertó una enorme controversia, siendo considerado un escándalo en la comunidad sijs de todo el mundo, suponiendo el aumento de la tensión, lo que provocó agresiones a sus miembros en el resto del país. Algunos soldados sijs del ejército nacional se amotinaron, otros renunciaron a sus cargos, incluso fueron rechazados y devueltos al gobierno reconocimientos que habían recibido sus destacadas personalidades. Las consecuencias no se hicieron esperar y cuatro meses después, el 31 de octubre de 1984, Indira Gandhi fue asesinada por dos de sus guardaespaldas sijs en lo que se considera como un acto de venganza. La respuesta no se hizo esperar, en un reguero de disturbios anti-sikh murieron más de 5.000 sijs. Pero como dirían algunos, el tiempo parece que todo lo cura. Calmadas las aguas en las últimas décadas, llegan tiempos de prosperidad económica, a la mejora e industrialización de la agricultura se unirá el reconocimiento de mayor autonomía y la descentralización del Punjab del Gobierno Central.

 

Absorto en la lectura, se acercan María Jesús y Gema, −Víctor tú eres quien mejor conoces a Marco, hemos pensado hacerle un regalo, ¿porque no le buscamos algo?−, me marché con la vallisoletana a bucear por las tiendas, en principio no sabíamos que podría gustarle. En un expositor había un montón de libros, empecé a ojearlos y entre ellos encontré una “recopilación de cuentos del Mahabharata”, con una bonita colección de ilustraciones en color, parecidas a aquellas del estilo Bundi que decoraban su palacio, ademas la encuadernación en pastas duras era muy elegante. No muy lejos, se encontraba una pequeña guía sobre flora y fauna del país, la Traveller’s Guide. Wildlife of India de Mark F. Tritsch, que adquirí de mi bolsillo. Rápidamente llamé a María Jesús y le dije −ya lo tengo, le encanta la literatura india y aunque esté en inglés, no será problema para él −, le mostré el libro y mostró una enorme sonrisa de satisfacción, seguro que le gustará a todo el grupo. Su coste, 5.000rp, algo menos de 80 euros; decidimos poner 500rp por cabeza y el resto pasaría a formar parte del bote. Una vez recolectadas las partes fueron nuestras compañeras las que se encargaron de la compra y de poner el obsequio a buen recaudo, lejos de las sospechas de nuestro joven guía.

 

Aún así, todavía quedaba casi media hora, volví a recuperar la lectura del dossier por el pasapaginas, donde lo dejé, en Amritsar. Una de las grandes ciudades del Punjab, bien conectada con el resto del país y sus principales capitales por carretera y ferrocarril, incluso está pendiente la construcción de la línea de alta velocidad que la unirá a Delhi, y en avión con otras ciudades del extranjero con un buen número de vuelos internacionales. Es conocida mundialmente como el centro espiritual de la comunidad Sikh, sede de su autoridad política establecida en el Parlamento Sikh, el Akal Takht símbolo de la unión de lo temporal y lo espiritual, y cómo no, por el Templo de Oro, el centro espiritual de esta particular e interesante religión. Es curioso, después de tantas ciudades con historias milenarias que hemos visitado, ésta es diferente, relativamente reciente. Su origen, como no podía ser de otra forma está indisolublemente ligada a la comunidad Sij (pronunciación anglosajona del vocablo Sikh). A la pequeña aldea donde residían los Tung llegó en 1574 procedente de Lahore el Cuarto Gurú Ram Das, quien fundó y dio estructura al germen de lo que hoy día es esta gran sociedad, con él la pequeña localidad se convertiría en ciudad sagrada; fue el promotor de la construcción del Templo Dorado, la gurdwara Harmandir Sahib o la “Morada de Dios” en el que se custodia la “Laava” o Sagradas Escrituras de la religión del que es su autor. Los textos se agrupan en un impresionante libro, que tendremos la suerte de ver está noche. Mañana visitaremos el lugar en el que ocurrió la masacre de Bagh Jallianwala, y si tuviésemos más tiempo, quizás podríamos acercarnos al orfanato de Khalsa, donde se crió el revolucionario independentista Shaheed Udham Singh (1899-1940) al peder a sus padres con apenas 2 años.

Raja Sansi Aeropuerto Internacional

AMRITSAR

 

Por megafonía llaman al embarque, en el pasaje hay abundantes miembros de la comunidad sijs y aunque las mujeres visten ropa hindi, la mayoría de los hombres lucen los famosos turbantes que tanto los caracterizan; los de mayor edad recogían sus barbas hacia arriba lográndolas introducir en sus turbantes, en las varias vueltas de unos paños coloridos y vistosos. A la hora prevista más o menos, a eso de las seis de la tarde arribamos al Aeropuerto Internacional Sri Guru Ram Das Jee (ATQ), nombre que toma del 4º gurú sij, fundador de la ciudad. Excelentes y modernas instalaciones, para una de las terminales más importantes del Norte de India, resulta curiosa la mezcla en su diseño de vidrio y acero con elementos indios en el que se incorporan una extensa gama de colores. A través de unas pasarelas llegamos al Control, después unos largos pasillos y, a las cintas de equipajes. Tuvimos la suerte de que los nuestros salieran de los primeros, le dije a Marco que saldríamos al exterior a fumarnos unos cigarrillos mientras llegaba el resto. Ya era noche cerrada. Nos acercamos a un autobús que lucia en su parabrisas un cartelito que rezaba “Amar Viajes”, la oportunidad de dejar los equipajes. Fue cuando saludamos al guía local cuando nos percatamos del inesperado rechazo a “namaste” que más tarde le conté a Marco, quedó palpable el cierto pique entre ambas comunidades, los punjabis son más ricos, y bien que se les nota, los hindis, más pobres se desquitan llamándolos despectivamente turbanteros o “sadar”.

 

Ya todos acoplados en nuestros respectivos asientos y cargados los bultos en el maletero, Marco nos presentó al airado joven, era el representante de la agencia local con la que Amar tenia contratada la visita. Aún nos quedarían por recorrer los 11 kilómetros que separan el aeropuerto del casco histórico de la ciudad al Sureste, por la comarcal SH25 Ajnala−Amritsar. Si tardamos algo más de media hora fue por el tráfico tan intenso, las carreteras son anchas, el firme es mejor y dispone de más de un carril por sentido. Cogió el micro para comunicarnos que no iríamos al hotel, que primeramente nos acercaríamos al Templo Dorado, verlo de noche es un verdadero espectáculo, y bien que tenia razón. Le paso el micro a su acompañante y éste, después de una breve presentación, como en otras ocasiones, orgulloso de su tierra comenzó a hablarnos en un fluido castellano (de agradecer). −Sería muy complicado explicar esta religión tan importante para nuestro pueblo en pocas palabras, no obstante intentaré que os quedéis con lo más significativo.−

 

Los sijs o sikhs son los miembros de una religión monoteísta fundada en el siglo XV en el Punjab que se basa en las observancias de un código de conducta recogido en sus textos sagrados o Sri Gurú Granth Sahib, reúne las distintas enseñanzas de sus diez gurús o maestros. El término proviene del sánscrito Sisya o discípulo. La inevitable pregunta, ¿quienes fueron sus gurús?:

 

El 1er gurú y fundador del sijismo, desde 1499 hasta su muerte fue Nanak Dev Ji (1469−1539); estableció el estilo de vida de sus seguidores en tres pilares: Kirat Karni, ganarse la vida honradamente, en beneficio de la propia persona, de su familia y de la comunidad; Japo Naam, la meditación y los cantos de los himnos contenidos en los textos sagrados, principalmente los denominados Waheguru referidos al ser supremo y maravilloso creador y, el tercero, Vand Chakko, el trabajo honesto compartiendo sus frutos con los demás. Unos grandes principios basados en la verdad, igualdad, libertad, justicia, y reencarnación (Karma). Promulgó la igualdad entre hombre y mujer.

 

Los siguientes: El 2º gurú (1539), Angad (1504−1552), extendió la escritura y lengua Punjabi. El 3º gurú (1552) Amar Das (1479−1574), favoreció la igualdad, todos sentados juntos en la mesa; escribió los textos del Anand Sahid. 4º gurú (1574) Ram Das (1534−1581), es conocido por fundar la ciudad de Amritsar. A partir de él se sucedieron la invasiones mogolas, no todos los emperadores trataron igual al pueblo sikhs, desde la tolerancia de Akbar a los recelos de Jahangir, quien los consideró una amenaza; uno de sus hijos torturó hasta la muerte al 5º gurú (1581) Arjun Dev (1563−1606). La consecuencia fue la construcción de la fortaleza de Amritsar por el 6º gurú (1606) Hargobind (1595−1644); conquistada por el siguiente mogol Shah Jahan, los sijs se refugiaron en las colinas de Sivalik, donde se mantuvo el 7º gurú (1644) Har Rai (1630−1661). El 9º gurú (1665) Tegh Bahadur (1621−1675), tuteló a su sobrino el 8º gurú (1661) Har Krishan (1656−1664) que murió con 7 años, trasladó la comunidad sij a Anandpur al Suroeste de Delhi, decapitado por Aurangzeb, la Gurudwara Sis Ganj Sahib en la capital conmemora su martirio.

 

El definitivo: El 10º gurú y último gurú (1675) Gobind Singh (1666−1708), trasladó la capital o gurúado a Paonta en las colinas de Sivalik, para posteriormente volver a Anandpur. Estableció que a partir de él la obediencia recaería en las escrituras Gurú Sri Granth Sahib, la Biblia de los sijs y que el gobierno recaería en el Khalsa Panth, órgano de decisión tanto civil como religioso compuesto por cinco sabios. Los símbolos se usaran para la identificación y la representación de los ideales del sij, honestidad, igualdad, fidelidad, militarismo, no ceder a la tiranía y meditar en Dios quedaran recogidos en el Khalsa según 4 prohibiciones y 5 Ks:

 

Prohibiciones

1. No cortarse el pelo, cuando crece lo envuelven bajo el turbante o dastar

2. No cometer adulterio

3. No comer carne (vegetarianos)

4. No consumir sustancias tóxicas, tabaco, alcohol o drogas

 

Kakars (artículos de fe de la vestimenta masculina sij)

1. Kesh, el vello no se corta en todo el cuerpo (barba)

2. Kanga, peinecillo de madera, generalmente se usa bajo turbante, bastante característico

3. Kara, pulsera de acero, símbolo de la eternidad

4. Kachera, calzoncillos interiores de algodón parecidos al dhoti hindi, recordatorio del compromiso con la pureza

5. Kirpan, daga (usual fuera del Punjab) o espada curvada

Karas y Kirpan, 3er y 4º Kakars

Con la religión nació el imperio sij (1801-1849) que se formó de las bases del Ejército Punjabi, se extiende desde la frontera al Oeste, a Cachemira por el Norte, Sindh al Sur, y al Tíbet por el Este; territorios conocidos como el Punjab, donde curiosamente la mayoría de la población era musulmana, un 70% frente al 17% de sijs. Fue la coronación de Ranjit Singh en 1801 la que supuso su origen, un estado político unificado y fuerte. No obstante, después de su muerte en 1839, las divisiones internas y mala gestión, lo debilitan; oportunidad que es utilizada por el Imperio británico para derrocarlos en las sucesivas guerras anglo-sikh, lo que supuso su disolución definitiva. El sijismo queda como una sociedad religiosa y organizada que ya cuenta con más de 400 años. Aproximadamente 27 millones en todo el mundo, de los cuales el 83% vive en la India, la mayoría en el Norte del estado del Punjab, importantes comunidades viven en otros estados como Haryana, Rajasthan, Bengala Occidental, Uttar Pradesh, Delhi, Maharashtra, Uttaranchal, Assam, y Jammu y Cachemira.

 

Eran más de las siete cuando accedíamos al casco histórico por Ajnala Rd, Court Rd a partir del cruce de las vías del ferrocarril, enlazando con una ancha avenida, la NH15 jalonada de rotondas y que bordea la vieja ciudad, aquella que fundara Ram Gas, el cuarto gurú (la bordeábamos en el sentido de las agujas del reloj). Se nota que es una urbe moderna y prospera, como toda gran ciudad que se precie, que derivó su muralla para permitir la expansión y el crecimiento. La plaza-rotonda en la que nos dejó el autobús es la Haathi Gate, deduzco por su nombre, allí se encontró la puerta de entrada a Amritsar por el Este. Hacia adentro, las calles son estrechas propias de un asentamiento del siglo 17, se entrelazan las peculiares Katras o áreas residenciales, establecidas para propiciar su propia autodefensa ante los ataques externos; en los intersticios de éstas se fijan las principales actividades comerciales, actualmente giran en torno al turismo, souvenir, artesanías, alfombras y telas, mezclados con otros negocios tradicionales como  la gastronomía, propio de la economía local.

 

El autobús nos ha dejado en el exterior de la antigua muralla, en el lugar más próximo a nuestro destino, el resto lo hicimos paseando. Accedimos por la transitada calle Gali Number 7, pasando frente a los jardines de Jallianwala Bagh, que si no fuera por el cartel blanco que aparece en una fachada ciega de ladrillo visto, no se adivinaría su presencia. Un poco más adelante nos quedamos sorprendidos al cruzarnos con unos cuantos rickshaws engalanados con guirnaldas de flores de caléndulas amarillas y un nutrido grupo de jóvenes hinduistas vestidos con ropas coloridas, unos con sus caras pintadas y otros luciendo máscaras con hocico de mono, caracterizados inevitablemente de Hánuman nos saludaban al pasar con gran algarabía. Al final del trayecto la calle se abría formando una caótica plaza triangular, las dos fachadas prolongación de Gali estaban repletas de tiendecillas de todo tipo, como era de esperar la mayoría de souvenir y de comidas; en el frente un gran local al que nos dirigimos todos. Marco nos indicó que allí dejaríamos el calzado y que nos pondríamos en la cabeza unos pañuelos anudados, necesaria condición para acceder. Bordeamos el chiringuito y entre éste y las vallas de una obra, aparecíamos por fin frente a la fachada Noreste de la tan afamada gurdwara, Harmandir Sahib.

jóvenes ataviados en honor a Hanuman en GN7

Nos encontrábamos en el centro del casco histórico, frente a unos de los lugares de concentración más importante de la ciudad y un referente para la comunidad sij, aquí se custodian sus restos sagrados. La gurdwara ocupa una gran parcela de unos 200x200 metros, su planta se ordena según un eje ceremonial con orientación Suroeste-Noroeste; el templo dorado se sitúa en el corazón del conjunto, justo en el centro del gran estanque utilizado para abluciones y baño, el sarovar, de 150x150 metros. Una elegante pasarela cubierta con un toldo sobre una liviana estructura metálica es el cordón umbilical que lo une con la terraza perimetral de la gran piscina, ésta se eleva un poco más de la lámina de agua, a la que se puede acceder apenas sentándose en su borde, o por algunos peldaños salteados estratégicamente. Al otro extremo se encuentra la plaza que preside el Akal Takht, uno de los cinco que existen en todo el sijismo y que representa la justicia del pueblo y la actividad temporal.

 

Accedíamos por la puerta central en la fachada Noroeste, la Puerta del Reloj o Ghanta Ghar Deori, la más próxima a la muralla y por ende la más cercana a nuestro transporte. Son cuatro las entradas al recinto, una en cada fachada, todas son iguales en representación, en reminiscencia de la tienda de Abraham en el Antiguo Testamento, abierta por los cuatro costados, objetivo, dar una buena bienvenida a los viajeros sin importar la dirección en la que llegasen. Una vez descalzos y cubierta nuestras cabezas iniciábamos la visita. Antes de subir los primeros escalones que dan paso al soportal de entrada es inevitable cruzar por una gran pileta de mármol blanco, donde se renueva continuamente el agua corriente, como un enorme lavapiés. Cruzamos el edifico y accedemos al enorme patio, como una gran manzana, todo blanco inmaculado, llama la atención el fuerte contrate con todo visto hasta ahora, el colorido en el hinduismo. Custodiando el pórtico de la fachada un joven sijs con túnica azul cobalto turbante amarillo, barba negra, tez morena y semblante serio, porta en su mano derecha una lanza de caña de bambú con punta y anillas aceradas; rápidamente las chicas y no tan chicas se colocaban a su lado, ¡foto, foto! Por una alfombra roja cruzamos las dos crujías del edifico que en sus paredes lucen multitud de lápidas con inscripciones conmemorativas de los prohombres de la comunidad o de aquellos soldados y héroes, mártires y santos que en tantos conflictos como han librado o participado estos bravos soldados sijs caídos.

plano de la gurdwara Harmandir Sahib

Antes de cruzar el arco opuesto ya divisábamos el espectacular templo dorado, iluminado con miles de bombillas y sus múltiples reflejos en el sarovar. El bullicio y trasiego de sijs y curiosos invitaba a bajar rápidamente las escaleras. Marco nos informaba que iba a comenzar el traslado del Libro Sagrado o Gurú Sri Granth Sahib, desde el Akal Takht al Har Ki Pauri, y que como había tanta aglomeración de gentes, quedábamos citados para dentro de una hora en las escaleras. Cuando llegamos al edificio puerta de la pasarela o Puente de los Gurús, el conocido como Tosha Khaana o el lugar en el que se guardan los regalos (justo al lado se encuentra uno de tres árboles sagrados o “bers” que hay en el patio, el Elachi Ber), ya cruzaba porteado por cuatro sijs por varal, el palanquín dorado, en su interior y sobre almohadones descansaba tan venerado libro compendio de textos sagrados. La muchedumbre se agolpaba a su alrededor y la procesión se movía densa y lenta por la galería, a empujones como una disputada melé de rugby, afortunadamente los muchos ventiladores anclados al palio interior sofocaban a la inmensa multitud, casi todos turbanteros.

 

Las puertas del templo esperaban abiertas para que la comitiva accediese, aunque no alcancé a ver lo que ocurrió en interior de la sala principal, cuando llegué ya aparecía el Libro depositado en unos grandes almohadones. Muchos de los que acompañaban, hombres y mujeres se habían sentado en el suelo a su alrededor, unos simplemente lo observaban y en el cumplimiento de sus reglas meditaban, otros leían en voz baja sus pequeños Gurbani, nombre que reciben los pequeños libros de mano con extractos del Gurú Granth Sahib, parecidos a nuestros misales. En el tumulto, atrapado entre empujones me había quedado sólo, cuando llegué el templo, la mayor parte de la gente que no podía entrar se agolpaba en el frente, en un espacio más ancho donde termina la pasarela, desplazado inevitablemente hacia el borde terminé rodeando el templo; hay una pequeña galería protegida por una balaustrada y una barandilla entre unos faroles también dorados que lo circunda, es curioso pero la planta baja no está dorada, ¿porqué será? Al final conseguí entrar por un lateral y aunque era bastante difícil aproximarse al Libro que permanecía entre sus almohadones, dentro de un corralito metálico-dorado en el que posiblemente los sijs de mayor abolengo doblaban unos paños de seda.

Templo Dorado iluminado, foto de Toño Gómez

La planta del templo cuyo nombre es Har Ki Pauri (que averigüé mucho después) es rectangular de 12x22 metros, tiene dos alturas, la cubierta plana a la que accedí y a la que había llegado Toño antes que yo, es accesible desde unas escaleras que arrancan en la planta principal y que desembocan en unos chatris cuadrados en las esquinas, allí arriba pude contemplar la bóveda dorada de gajos que remata la gran sala que acoge el Libro, un espacio de doble altura que se sitúa en la mitad delantera del rectángulo, registrado desde ambas plantas por unas galerías perimetrales y desde la que se acceden a otras salas. El recorrido tanto interior como exterior lo pude hacer con total libertad, aunque en algunos puntos me encontraba con esos sijs que parecen guardianes, apostados vigilando todo lo que ocurre, no me prohibieron ningún movimiento; aunque hice muchas fotos me sentí incomodo, como un intruso en un lugar tan significado para esta comunidad. Pero como en otras ocasiones, estos lugares y expresiones de culto me recuerdan inevitablemente a la historia de Moisés y del Becerro de Oro ¿Que necesidad hay de tanta opulencia? No solo son los dorados del Har Ki Pauri, también observe trabajos de pedrería y lámparas colgantes de cuentas de vidrio, ejecutados y financiados por los ricos maharajá Ranjit Singh, fundador del Imperio Sij en el Punjab y su comandante Hukam Singh Chimni en la primera mitad del siglo diecinueve, motivos más que suficientes para que ambos personajes sean muy queridos por la comunidad sij. Se fecha la terminación del dorado en 1830.

 

Las sensaciones eran encontradas, todo lo que había leído de ellos me impresionaba muy gratamente, la igualdad, la ayuda al necesitado, las hermosas cualidades que han provocado que me fijase con atención en estos piadosos y fuertes guerreros de pelo largo. Pero tanta riqueza volvía a recordarme la evolución e involución, la degeneración de tantas y tantas religiones hacia complejas estructuras de poder y que siempre fueron fundadas por hombres iluminados que lo único que buscaban era el bien común. En fin, he de seguir; no obstante, antes lo observé y escudriñé todo con atención, cada rincón, cada arcada, los techos y galerías de un tufillo mogol muy particular, con el uso abundante de arcos poli lobulados, cebollas como lotos invertidos símbolo de la vida pura y abundantes cúpulas bengalí.

el Libro Sagrado en el Har Ki Pauri

Regresaba con Toño cuando encontramos a Francisca, hacía ya un buen rato que la perdí de vista, charlaba con Lidia al final de la pasarela, bajo el arco de entrada del edificio de los Regalos. Reunidos los cuatro acordamos que debíamos de acudir ya al punto de encuentro. Le pregunté si había visitado el templo, −sí, pero cuando se quedó un poco más vacía la pasarela−, le angustiaba tanta muchedumbre, extrañamente no nos cruzamos dentro. Llegamos a las escaleras disfrutando de aquel espectáculo humano tan vibrante, las luces del templo, los reflejos en el agua y el contraste del dorado con el blanco del resto de edificaciones que resultaba muy atractivo. Ya esperaban las vallisoletanas a las que nos unimos, pronto llegó Marco y tras él, el resto de compañeros, entusiasmados cambiábamos impresiones, verdaderamente había resultado fantástica la visita. Regresamos por el calzado y a devolver los pañuelos. Nuestro autobús nos estaría esperando en el mismo lugar para llevarnos al hotel. Cuando comenzamos a caminar el guía nos propuso parar en un chiringuito, dada la hora, próximas las nueve de la noche y que iríamos directos al M. K. Hotel, era la mejor opción. Lamentablemente no había cervezas, la cercanía del Harmandir Sahib, se dejaba notar y la mayoría de las comidas que servían eran empanadas fritas vegetales, nuevamente influenciados por la gurdwara, quizás fuese el único que no probó bocado, me conformé con una lata de cola.

 

Deshicimos el mismo camino hasta encontrar el transporte. Nuestro alojamiento queda al Norte, en una zona de expansión y crecimiento, en una manzana que comparte con el hotel Holiday Inn en la Ranjit Avenue. La área parece estar destinada a equipamientos, los propios de un Plan Parcial en nuestro planeamiento urbanístico; calles anchas con aparcamientos, ya hay construidos algunos locales comerciales y de ocio, un colegio y unas grandes zonas verdes un poco descuidadas; si no fuera por los turbanderos que cruzan por las calles en sus motocicletas podríamos encontrarnos en cualquier ciudad del mundo occidental. Antes de subir las maletas y con las llaves de nuestras habitaciones repartidas salimos a la terraza de aparcamientos delantera con Toño a fumar unos cigarrillos, el mono de los fumadores, les propuse que mientras ellos custodiaban las maletas, me acercaría a uno de aquellos locales que se veían al otro lado de la calle e intentaría comprar unas cervezas, el resultado fue infructuoso, al menos aproveché para compras unas cajetillas de tabaco. Nos despedimos y cada mochuelo a su nido, quedando emplazados para mañana a las nueve.

 

Después de un excelente y reparador desayuno volvimos al bus. Casi repitiendo el mismo trayecto de la noche anterior volvíamos a parar, creo que hasta en el mismo punto del acerado, pero ahora de día. La ciudad parecía distinta a estas horas de la mañana, volvimos a pasar frente al parque de Jallianwala, terminando en el mismo lugar donde nos descalzamos. La intensa luz de la mañana hacia que el blanco fuese inmaculado, que cegase como la nieve en la montaña los días claros, que los dibujos del suelo o los dorados e inscripciones resaltasen casi tanto como la alfombra roja que de nuevo nos daba la bienvenida, volvíamos la gurdwara de la que parecía que no hubiésemos salido. Pese a que nosotros los occidentales asociamos estas construcciones a los templos, responden a un concepto mucho más amplio, si es cierto que se asocian a lugares de culto, pero como comprobaremos en nuestra pequeña pincelada al Punjab, es mucho más, aún sólo visitando la Harmandir Sahib o Templo de Oro, literalmente el templo de Dios, la más importante de todas. Pese a no ser la primera, la primera se construyó en Kartarpur en el Punjab paquistaní por el gurú fundador del sijismo Nanak Dev Ji en 1521.

 

Se concibió como un lugar donde se reunían los seguidores de la doctrina sikh para escuchar sus enseñanzas y cantar los himnos de alabanza a Dios. Harmandir fue iniciada por el 4º gurú Ram Das y completada por su sucesor, el gurú Arjan Dev, quien en 1604 terminó la recopilación de los textos sagrados escritos por los distintos gurús que le antecedieron, quedando allí definitivamente custodiadas.

el Templo Dorado y el Puente de los Gurús reflejado en el Sarovar

La cronología de este recinto la podríamos iniciar con la primera gurdwara construida en 1574, en un bosque al lado de un pequeño lago; fue el gran emperador mogol Akbar quien regalo al 4º gurú Ram Das unos terrenos para su ampliación. Sería el 5º gurú Arjan Dev quien edifico la primera e importante gurdwara en1588, el honor de colocar la primera piedra recayó en el santo musulmán Mian Mir de Lahore. Pero llegaron los malos tiempos con los mogoles sucesores de Akbar, hostiles con la comunidad sikh, tanto que en 1634 el 6º gurú Hargobind deja Amritsar y huye a las colinas de Shivalik. Durante casi dos siglos la ciudad estuvo en manos hostiles, los sijs que intentaban en vano su recuperación sufrieron diversos daños, recuperación que no fue posible hasta 1764 con la llegada del sultán Jassa Singh Ahluwalia. Podríamos asegurar que su configuración actual se realiza a principios del siglo XIX y que al primer emperador sij Ranjit Singh se debe el chapado al Har ki Pauri y los excelentes suelos de mármol que pisamos.

 

La primera vez que preparando el viaje me topé con ese nombre absolutamente novedoso para mis oidos, “gurdwara”, lo primero fue indagar en su etimología. Lo acuñó el 6º gurú Hargobind, uniendo los términos “gur” en referencia a los gurús y “dwara”, puerta, “la puerta de entrada a través de la cual el Gurú puede ser alcanzado”. Es significativo que el diseño de estos lugares no se ajusta a un patrón arquitectónico o tipología concreta como sucede en otras confesiones como en el hinduismo o budismo; aquí encontramos una mezcla de elementos de éstos e incluso de la arquitectura mogol; si es cierto que existe la tendencia a imitar en lo posible a la más importante de todas, el “Templo Dorado”. Nada más fácil que mirar a nuestro alrededor para ver las influencias mogolas e hinduistas, incluso las occidentales, como en el trazado decimonónico y en la implantación racional en la parcela. Sin embargo, si responden a un mismo programa de funcionamiento, obviamente acorde a sus dimensiones, que suelen ser bastante heterogéneas.

los textos sagrados del sijismo custodiados en Harmandir

Sea cual sea su tamaño siempre tendrá invariablemente dos elementos: Un recinto capaz de acoger el “Gurú Granth Sahib”, alrededor del cual los fieles se sentarán a leer o escuchar las lecturas recitadas por los notables (no hay imágenes religiosas o esculturas a las que adorar, tan sólo el libro sagrado); suelen ser salas cuadras u octogonales cubiertas con bóvedas usualmente de gajos, en cuyo centro sobre un pedestal se sitúa el Libro, accesible desde todos sus lados estos espacios de congregación que se extienden hacia el exterior con terrazas perimetrales; esta disposición permite la circunvalación. El otro elemento que no falta es el estandarte, un mástil sobre el que ondea la bandera sikh y que permite su identificación en la lejanía, el Nishan Sahib. En tercer lugar en importancia y su existencia dependerá de la disponibilidad de espacio, está el Langar, la cocina y comedor donde los alimentos, siempre vegetarianos, son gratuitos para todos los que se acerquen a ella. El servicio, conocido como seva es prestado por el sewadar o voluntario, que lo realiza como parte de su dedicación a Dios y a la comunidad, todos participan de esta tarea comunal cuando se presente la oportunidad y en el más amplio de los sentidos. Casi en igual importancia encontramos el sarowar o el estanque de agua bendita o néctar inmortal para el aseo y el baño, y que en Harmandir Sahib conocido como “la piscina del néctar de la inmortalidad”, es su centro neurálgico, fue construido en 1577 por el 4º gurú Ram Das.

 

Al cruzar la puerta Noroeste y aparecer de nuevo en el patio, el blanco de sus edificios y sus pavimentos resulta cegadores y si anoche los reflejos de las miles de bombillas hacían que la lámina de agua pareciese el firmamento, ahora parece que el cielo se mira en ella y las carpas rojas que aparecen y desaparecen en las profundidades son los exóticos pájaros del sarowar. Marco nos presenta a la guía local la joven y guapa Amika, ambos se apartan y después de una breve conversación nos comenta −que por favor la disculpemos, su hermano al parecer se suicidó hace tan solos unos días, y a pesar de no haber dormido, lo que más le angustia es el recuerdo−. Se marchó sin despedirse siquiera, lo entendíamos, pero lo peor de todo es que nos quedamos sin apenas orientación en la gran gurdwara y pese a que hubiese leído, no es lo mismo poder contar con la opinión de un lugareño. Todo esto ocurría antes de bajar las escaleras.

el Templo Dorado y el Sarovar en un claro día

Comenzamos la visita exterior rodeando el sarovar por el Parkarma, nombre que recibe el espacio pavimentado que lo circunda, seguíamos el sentido prescrito en la religión sijs, el de las agujas del reloj. Detrás dejábamos el edificio perimetral en su lado Noroeste, a la izquierda de la puerta y hasta llegar al Akal Takht se encontraba el Central Sikh Museum y a la derecha una zona de tiendas. Los primeros pasos los dimos en sentido contrario, para acercarnos al primero de los cuatro árboles sagrados plantados al borde del estanque, ahora de día me resulta fácil identificarlo, es un azofaifo (Ziziphus zizyphus), como aquel que daba sombra a la alberca de la huerta de mis abuelos; según la Lonely se le conoce por Ber Baba Budha Ji; tanto él como los otros dos, fueron plantados para recordar, y las lápidas cercanas testifican la memoria de los muchos y últimos acontecimientos históricos sijs, a santos y mártires, a los soldados que murieron en las Guerras Mundiales o victimas de la represión de Indira Gandhi en la Operación Estrella Azul. En él se rinde homenaje a Baba Budha, jefe de la Granthi Harmandir Sahib desde 1604, quien durante la excavación de la piscina y la construcción del Templo supervisó el trabajo sentado bajo este azofaifo, del que dicen tiene más de 400 años. Próximo a él hay una pequeña construcción unas vallas delimitando un espacio para el baño, unos sijs de avanzada edad y en paños menores nos muestran sus kacheras; por fin identifico los afamados calzoncillos interiores, el 4º de los cinco Kakars, prenda masculina artículo de fe.

el Ber Baba Budha Ji en los límites de Parkarma y Sarovar

Llegado a este punto, Marco nos indicó que seguiríamos en el sentido que los fieles recorren el parkarma, hacia la izquierda. Francisca nos comentó que no nos preocupásemos por ella, que iría a su ritmo, que vería lo que le apeteciera, acordó con nuestro guía que dentro de hora y media quedaríamos todos en la entrada, por si alguno más quería optar por ir por libre; entre otras cosas aprovechó para indicarnos que no entraríamos en ninguna de las dependencias que conforman el edificio perimetral. Nuevamente imperaban los tiempos de la agencia, tan sólo visitaríamos con detenimiento el Gurú-Ka-Langar o comedor comunitario, quizás lo más llamativo para nosotros occidentales. Caminábamos por el centro del parkarma aprovechando la calidez de una larga estera que marcaba la senda, a la derecha el sarovar, a la izquierda la galería que unificaba a todas las tiendas y al frente dos magnificas y altas torres que indudablemente me llevaban a Chandni Chowk, a la mezquita Jama Masjid del viejo arrabal de Delhi, eran como aquellos minaretes octogonales de más de 40 metros forrados de piedra roja y bandas verticales blancas para agudizar la verticalidad; también como estos quedan divididos en tres segmentos partidos por balconadas que sobresalen como molduras a modo de cáliz, como flor de loto abierta; incluso ambas se rematan con los tan afamados chatris mogoles y ¡no es un yamud lo que corona su cúpula blanca! Tanto me impresionaron las dos torres, que a posteriori he indagado en la red hasta recabar la información que no recibí allí, recordemos que lamentablemente, la pobre Amika se marchó.

circunvalando el Sorovar

De la excelente página sobre el sijismo: patrimonio sikh he extraído interesante y abundante información histórica de las dos torres. Siempre estuvieron relacionadas con la defensa que los sijs hicieron de tan importante gurdwara. La narración arranca en los asedios que sufrió el emplazamiento por parte de los ejércitos mogoles ante la ambición insaciable de éstos por agrandar sus dominios, especialmente cruenta fueron las acometidas por Aurangzeb, que en varias ocasiones destruyó el Templo Dorado. Y aunque fuese siempre reconstruido, motivó que cuatro de las familias sij o misl (posteriormente las Confederaciones) más poderosas, levantasen en sus cuatro esquinas sendos fuertes para defenderlo. Los Bhangi Misl financiaron dos, uno al Sur y otro al Oeste del templo; sobre los restos del primero se asienta hoy la fortaleza de Gobindgarh, el otro ha desaparecido y su lugar, ocupado por la ciudad. La tercera fortaleza, construida por los Ahluwalia Misl al Norte fue demolida a principios del siglo XX. La cuarta, situada al Este, conocida originalmente por Ram Rouni, fue construida por los Ramgarhia o los “Custodios del Castillo de Dios” (Ram, Dios y Garh, fuerte). El destacado líder sikh Sardar Jassa Singh, conocido como el Gran León del Punjab, jugó un papel importante en los tiempos históricos para liberar el Punjab del yugo de los gobernantes mogoles, fue él quien en el año 1755 levantó el fuerte que aún hoy conserva el nombre de su familia.

Torre y restos del Ramgarhia Bunga

Los restos de esta fortaleza, la más antigua destruida en parte, es ejemplo único de la tipología arquitectónica de las mansiones sikh o “bunga”, palabra punjabí utilizada tanto para los trimestres anuales como extrañamente para una residencia. En ella vivió Jassa Singh y aunque fuese destruida en parte, en el resto comprobamos como su estructura corresponde a la mayor de todas ellas, siendo aquí donde se nos muestra su propia finalidad. La fachada, de casi 45 metros estuvo profusamente decorada con bajos relieves de excelencia inigualable, delicadamente cincelados; tres plantas con cubiertas planas dispuestas alrededor de un patio; los muros de la planta baja estaban enlucidos con estucos de cal decorados como las arcadas de los frentes del patio, sobre arcos triples y pilares de piedra arenisca roja y mármol bellamente ornamentados con diseños grabados cubren los espacios abovedados. A las plantas superiores se accedía desde dos escaleras, una en el exterior y otra en el interior del propio patio. Las altas torres defensivas de casi 47 metros de altura están estructuradas en tres cuerpos, visibles desde muchos kilómetros, excelentes para espiar y avistar al enemigo en la distancia.

 

Fue el emperador sikh Ranjit Singh (1780−1839) de los Sukerchakia Misl, mencionado párrafos atrás por la construcción del Templo Dorado, quien al visitar los restos de la fortaleza y comprobar el estado en que se encontraba, ordenó su inmediata reconstrucción, llamándola Gobindgarh, aunque afortunadamente es más conocida como la Ramgarhia Bunga, el nombre de la primera familia que lo habitó. A él se debe el remate de las torres que carecían de cúpula, aunque por contra y lamentablemente la despojó de mucha de su ornamentación, que trasladó a una finca privada de recreo (increíble historia tan repetida en tantos sitios, y tan distantes). Al él también se deben las dos primeras plantas de la gurdwara Baba Atal Sahib, no muy lejos, al Sur de Diwan Hall Manji Sahid (Darbar), el edificio más alto de Amritsar, que con las torres de su propio Bunga, las segundas en altura, son las construcciones más elevadas e integradas en el paisaje de la ciudad, a la que le confieren gran belleza. Lamentar que se nos pasase como tantas veces ver una de las piezas más curiosas del arte mogol que se conserva en el Bunga, “el alfeizar” o la losa del trono (188x135x23cms) cuenta la página sij que sobre ella se coronaban a los emperadores mogoles y que fue Jassa Singh, quien al conquistar territorios tan lejanos como Delhi, la trajo a Amritsar. Tras su muerte el Bunga paso a manos del Sardar Singh Mangal Ramgarhia, nombrado Presidente de la Comisión Gestora del Templo, desde entonces se utiliza únicamente como de residencia de los miembros masculinos de la familia.

acceso a Harmandir por el arco Ath Sath Tirath desde el Este

Giramos siguiendo la fachada del Bunga en dirección a la tercera Puerta, dejamos atrás un pequeño santuario situado junto al tercer árbol sagrado, el Dukh Bhanjani Beri. Al frente cruzamos por el arco Ath Sath Tirath, a diferencia de las otras dos puertas no forma parte del edificio perimetral, aunque un cuerpo de una planta lo una con el lateral Suroeste, más bien parece un arco triunfal de acceso al parkarma desde otro de los caminos que se acercan a la Harmandir Sahib, dicen que en él se conmemoran 68 Lugares Sagrados, circunstancia que no he conseguido distinguir. Es una construcción de proporciones muy elegantes, de unos 15x15 metros de planta; cuatro pilastras sostienen dobles arcos poli lobulados y una cubierta plana con finos aleros en sus borde, en la cubierta aparece un chatri rectangular sobre delgadas columnas blancas que sostienen una delicada cúpula de trazado bengalí muy del gusto mogol, las cuatro esquinas quedan marcadas por unos elegantes faroles octogonales blancos rematados con cupulillas de gajo. Tras pisar su delicada sombra giramos a la izquierda, a nuestra derecha dejábamos los jardines de ingreso al gran Dubar Manji Sahib Diwan Hall, la gran sala con capacidad suficiente para todos los que se acercan diariamente a escuchar la lectura de los textos sagrados del Gurú Granth Sahib, al frente el Gurú Ram Das Sarai es una de la seis “niwas”, residencias para el alojamiento de los peregrinos a costes muy económicos y que son mantenidas mantenidos por las autoridades del Sri Darbar Sahib.

las cocinas del Gurú Ka Langar

Nuestro destino era el comedor comunitario, el Gurú Ka Langar. Seguíamos a Marco que nos introdujo por la trastienda, las cocinas. Los voluntarios que realizaban diversos trabajos nos explicaron sus tareas, eran muchos unos dedicados al almacenaje, ordenando la mercancía que les llega a las cocinas, otros limpian y trocean las variadas verduras y legumbres que más allá otros cocinan en grandes calderos y ollas, también se preparan innumerables chapatis en hornos rotatorios que infinitas cintas transportan hasta humeantes cestas lista para acercar a los comedores. Después pasamos a esas salas donde sirven en bandejas de aluminio que se subdividen en tres o cuatro cuencos, en largos mostradores sirven la comida a una larga fila que ordenadamente recoge unos sabrosos alimentos, esperan otros voluntarios que recogen los servicios, limpian y friegan bandejas, cubiertos y vasos. Sentados en el suelo, gentes de distintos lugares, religiones y clases sociales que vienen no a mendigar un plato si no a compartir, una forma extraordinaria de entender el espíritu religioso que eleva sin lugar a duda mis propios sentimientos. Era tal el espectáculo que cuando salí me sentía purificado, unas de las experiencias más bonitas e impresionantes de esta fabulosa India, de esas que se quedan grabadas a fuego sin lugar a dudas. Aún nos entretuvimos un rato más en el exterior, en la calle trasera y frente a la niwa Ram Das Sarai, observábamos a algunos grupos de sijs simplemente charlaban, los mirábamos y ellos nos respondían con sonrisas, otros caminaban ajetreados cargando cajas con menaje, en una zona con piletas otros los fregaban aceleradamente, y es que la confluencia en este comedor comunitario a veces es tan concurrida que dicen llegar a preparar 100.000 comidas diarias.

Cuando parecía que coincidía de nuevo el grupo, Marco nos indicaba que iniciaríamos el regreso poco a poco, tranquilamente. Al pasar sobre el arco giramos ahora a la derecha, paralelos a una galería de una planta en cuya pared interior, a través de una celosía se veía el jardín delantero del gran Dubar Manji Sahib, torcimos hacia el parkarma por el lateral Suroeste, caminábamos junto al edifico lateral más alto. Cuatro plantas, la baja una nueva galería desde la que se accede a sus variadas dependencias, desde la Oficina de Información Turística o las Bibliotecas donde predomina la literatura sikh o a las Escuelas para la educación y adoctrinamiento de los niños, a los que también le enseñan el gurmukhi, la escritura punjabí o al Centro para los estudios religiosos y seguro que a muchísimas más de las que poco nos podía aportar Marco. En el centro se encuentra la Puerta Principal, por lo menos por su tamaño, la conocida como Atta Mandi Deori, que coincide con la zona más alta de todo el edificio perimetral. Tres grandes arcos cerrados con balcones y cierros, rematados por cuatro cúpulas acebolladas sobre torres miradores (entre ellas otras cuatro del tipo bengalí; la central es la mayor y más alta de todas) lucen cuatro relojes en sus caras, por lo que a veces se la llama la “Puerta de los Relojes” y decorada con muchos faroles encalados.

Atta Mandi Deori, la Puerta de los Relojes

Al final giramos por la fachada Sureste en dirección de la tercera puerta. No me cansaba de mirar de un lado para otro, como tantos y tantos turistas, en tantos y tantos lugares; la vida en este centro religioso es vibrante, tan concurrida. En el camino nos encontrábamos con algunos extranjeros, aunque la inmensa mayoría de los visitantes son indios, intuyo que peregrinos, en algunos casos descansaban en las galería, simplemente echados en el suelo.

 

De este lateral giramos nuevamente a la derecha, volvimos a pasar por el lateral de la plaza del Akal y del edificio-puerta del templo dorado, el Tosha Khaana; a su derecha podía ver ahora de día el segundo de los árboles sagrado, el azofaifo Lachi Ber, curioso nombre que se deriva de otra especie, del cardamomo cuy fruto el “elaichi” es parecido a la azofaifa seca. Lo encontramos al lado de un pequeño santuario erigido en honor del 5º Gurú Arjan, donde dicen, solía sentarse bajo el árbol; también cuentan que a él ataron sus caballos Bhai Sukha Singh y Mehtab Singh, dos héroes y guerreros sikh que decapitaron a Massa Rangar cuando profanaba la gurdwara.

descansando en la galería al borde del Parkarma

Nuevamente me había quedado sólo. Al percatarme que bajo unos toldos, frente al Akal había unos músicos tocando, pensé sería un buen lugar para detectar el paso obligado de mis compañeros y reincorporarme al grupo. Me acerqué y sentado en el suelo apoyado en una de las muchas barandillas de latón dorado escuchaba a tres jóvenes músicos, parecían uniformados para la ocasión como “The Sikh Trío”, vestidos con unos salwar (pantalones estrechos) y camisa con cuello, similar a un kurta, ambos de lino blanco y unos turbantes azul-añil oscuro; los situados en los extremos, además de cantar pulsaban por ambas caras unos pequeños timbales de madera con parches de cuero en forma de diábolo, de esos que llaman goob-goobi, el tercero en el centro los acompañaba tocando un sarangi es un pequeño instrumento de cuerda que se toca con arco y muy popular en las áreas rurales del Norte de la India, utilizado frecuentemente en el acompañamiento de canciones, es del tamaño de un violín y su caja esta tallada en una única pieza de cedro dividida en tres cámaras, la más baja está cubierta con piel de cabra; consta de tres cuerdas gruesas principales, las pulsadas por el arco y de 30 a 40 más finas de metal que suenan por resonancia, de ahí su peculiar sonido y su propio nombre “un centenar de colores” dada su amplia gama tonal de sonidos musicales, capaz de imitar el timbre de la voz humana.

 

Y así ocurrió, pasaron Gema, las vallisoletanas, más tarde Toño y Lidia, él se acercó y se sentó a mi lado para disfrutar de tan bellos sonidos ajenos a nuestra cultura; casi inmediatamente llegó nuestro guía que hizo lo mismo. Nos preguntó que si habíamos entrado en el Sri Akal Takhat Sahib. Allí estaba, frente al Darshani Deori, edificio puerta de la pasarela de los Gurús que lleva al dorado Harmandar Sahib, frente a la plaza entoldada, deja a su izquierda la cuarta puerta, la Khazana Daori. El edificio por su tamaño debía ser bastante importante, −¿no fue de él de donde salió el Libro Sagrado anoche, sabes algo de él?−

The Sikh Trío

Marco nuevamente nos sorprendía. −Akal Takht significa el Trono Atemporal y es el más importante de los cinco takhts (tronos) del sijismo que existen, simboliza la justicia y la soberanía política de la nación sikh. El edificio original fue construido en 1606 por el 6G Hargobind; cuentan que cuando era niño jugaba en un montón de tierra en ese mismo lugar y que allí se construyó una plataforma desde donde los gurús recibían a los peregrinos y resolvían sus diferencias de una forma justa. Fue Ranjit Singh, el fundador del imperio sikh quien construyera un primer edificio de dos plantas sobre la plataforma en la que predicó Hargobind y en el que se inspira la actual construcción de la que cuentan tenía bellas incrustaciones de mármol y una cúpula dorada, lejos de la sencillez de la plataforma del sexto gurú.−

 

−Después de las Operaciones Militares de la Estrella Azul, el Akal Takht quedó bastante dañado y tuvo que ser reconstruido. El Gobierno de la India tomo la iniciativa y al nuevo edificio le cambiaron el nombre por Sarkari Takht, el apelativo de “inmortal” pasó a ser “del gobierno”. El sikh representante del Punjab en el Gobierno fue excomulgado de la Sikh Panth (sociedad sij) por su desafortunado papel en la reconstrucción. En 1986 en Amritsar, más de 500.000 sijs reunidos en asamblea decidieron derribar el Sarkari para devolver al Harmandid Sahib el autentico Akal Takht acorde a la tradición sij.− Al parecer en 1995 se terminó el edificio que veíamos, tardó alrededor de 9 años en completarse, es bastante mayor que el original para dar mejor cabida y acogida a los peregrinos. Es curioso que en sus cinco plantas, 3 más el anterior y en su decoración bañada de blanco y oro que hayan utilizado recursos historicistas heredados de la arquitectura mogol e hinduista, arcadas con columnas de mármol, arcos poli lobulados, faroles como chatris y bóveda de gajos dorada; en sus grandes salas se puede observar la estructura de hormigón de las construcciones modernas. En sus elaboradas fachadas destacan las terrazas con vistas al sarovar, dicen que recuerda a las grandes mansiones en el campo. En la planta baja se han utilizado grandes vidrios blindados que dejan ver las huellas de los disparos de las operaciones militares gubernamentales en la década de los ochenta. En las obras que se realizaron en su restauración se dejó al descubierto un zócalo estucado y decorado con pinturas que pudiera corresponder a la plataforma original en la que predicó Hargobind.

el Sri Akal Takhat Sahib

Si el Hamandar Sahib es el símbolo religioso el Akal Takht corresponde a la soberanía y resistencia político−militar contra la tiranía y crueldad de los gobernantes. Y aunque sufrió los ataques de mogoles y persas en los siglos 17 y 18, desde Jahangir y Aurangazeb a Shah Abdali y Massa Rangar, los más recordados e importantes fueron los perpetrados en las acciones emprendidas por el propio gobierno de la nación. Indira Gandhi con el objeto de combatir las fuerzas armadas de Jarnail Singh Bhindranwale líder y político revolucionario y de silenciar sus medios de comunicación, temiendo la fortaleza de un creciente movimiento sikh pone en marcha la Operación Estrella Azul. Propone el asalto del Templo Dorado en uno de sus días sagrados, el aniversario de la muerte de su 5G Arjan torturado por el mogol Jahangir, la decisión provoca de inmediato la negativa del jefe del ejército indio quien es relevado de su puesto por uno de sus generales. El asalto se produce la noche del 5 de junio de 1984, tanques circulan por el parkrama, se producen muchas bajas, militares, rebeldes y civiles, muere el líder religioso Bhindranwale y general del ejército indio Shabeg Singh; la gurdwara queda bajo control militar la mañana del 7. Entre las consecuencias, no es de extrañar la muerte de la Primera Ministro Indira Gandhi a manos de sus dos guardaespaldas sikh el 31 de octubre de 1986, Rajiv Gandhi su hijo la sucedió como Primer ministro. En los años 1986 y 88 se produjeron dos nuevos asaltos menos cruentos, las Operaciones Trueno Negro I y II el objetivo era terminar definitivamente con los activistas sijs, el resultado fue la prohibición de actos políticos en el Templo Dorado. El Gobierno adquirió una franja de terrenos a su alrededor en la que se demolieron todas sus construcciones como zona de seguridad y vigilancia. Este segundo parkarma ha conseguido realzar favorablemente el aspecto exterior del conjunto.

 

Le pedí a Toño que me acompañase; dimos una vuelta por el interior, por la planta baja, después subimos a la primera, muchos cordones, de esos que enlazan dos soportes prohibían el paso al público general a las distintas salas, no vimos mas allá de lo que alcazaba nuestra vista desde la escalera, me imagino que aquellos que se encontraban del otro lado pertenecerían a la “organización”; curioseamos buscando las marcas dejadas por los impactos de los proyectiles, donde esta comunidad muestra al resto del mundo, no se si con cierto orgullo o como advertencia, que han sido agredidos salvajemente por los estamentos gubernamentales.

 

Cuando salimos ya nos esperaba el grupo, los músicos habían recogido el equipo de sonido y la zona se encontraba más despejada. Como en otras ocasiones la experiencia había resultado gratificante, quizás pocas en la visita, en la desafortunadamente carecimos de la información local, siempre tan sustanciosa. Mientras nos encaminábamos la puerta Ghanta Ghat Daori, la que ya hemos cruzado no menos de tres veces, precise de una última mirada al sarovar, al templo dorado, a las torres y al bullicio de sijs, de esa masa humana que se desplaza constantemente de un lado para otro. Antes de subir las escaleras pregunte por Francisca, la echaba en falta, creo que fue Lidia quien comento −habrá ido a dejar el pañuelo y recoger los zapatos−. Nuestra sorpresa fue mayúscula al llegar, no estaba, ni tampoco se adivinaba su presencia por los alrededores; hable con Marco y le propuse que se quedara el resto del grupo quieto mientras nosotros iríamos a buscarla al parkarma. Me sentía un tanto inquieto, por no decir angustiado, no llevaba dinero, no llevaba tarjeta del hotel y no domina el inglés, nervioso aceleraba el paso con objeto de rastrear el mayor número de metros. Después de ir de un extremo a otro regresé al grupo, no había aparecido, espere un poco y cuando regresó Marco, venia con la misma negativa y, aunque su rostro también expresaba preocupación, intentaba que no me pusiese nervioso. Volveríamos a repetir la búsqueda, esta vez cambiaríamos los sentidos.

sala interior del Sri Akal Takhat Sahib

Regresaba ya seriamente preocupado de que en una segunda vuelta no hubiese encontrado nada, cuando los veo a los dos riéndose en la parte baja de la escalera esperándome. Sentí un gran alivio, −pero donde estabas−, −pués aquí esperando, donde hemos quedado−. Nos contó que después de dar un paseo, decidió sentarse en el borde del sarovar y meter los pies en el agua, seguro que fresquita. Claro no se imaginaba que la igualdad de los sikh aún no haya llegado al “néctar de la inmortalidad”, únicamente reservado al sexo masculino, increíble, después de liderar el movimiento en pos a la igualdad, las mujeres no pueden meterse en el estanque. La echaron literalmente con una monumental bronca. Obligada a dar otro paseo, se cayó, al ir descalza resbaló en el impoluto mármol blanco y pegó un batacazo, eso sí sorprendida ahora agradablemente en este caso ya que llegaron dos apuestos y fuertes sijs en su auxilio, la levantaron y se preocuparon por si había sufrido algún daño, incluso le dieron agua, afortunadamente todo se quedo en la anécdota. Habría sido curioso presenciar la escena, contemplar a una andaluza hablando con un punjabí, porque me dijo que ellos le hablaban y ella les respondía, que se entendían sin entenderse; un momento mágico en el país donde la guriji se ha visto nuevamente envuelta; aún recuerdo Gwalior.

 

Entregados los pañuelos y calzados los zapatos nos alejábamos, quien sabe si definitivamente de la Gurdwara Harmandid Sahib. Mirando las tiendecillas de la plaza triangular que emboca con Gali Number, no pude dejar pasar la ocasión de comprar algo, un fetichismo sij, rezagado y sin perder de vista el último eslabón del grupo me hice con unas cuantas pulseras de acero, el símbolo de la eternidad, las Kara, uno de los Kakars de la vestimenta masculina sikh. En poco menos de un cuarto de hora recorrimos los trescientos metros que separaban la Puerta Ghanta Ghat del Templo Dorado de la entrada de los Jardines (Bagh) de Jallianwalla. Quizás fuesen las once y media o doce, el sol apretaba, y el cansancio de tan densa visita hacia mella, echaba de menos parar y sentir la ociosidad de mirar y no tener que prestar atención a nada, esa sensación tan gozosa de sentirse en Babia.

 

En apenas unos minutos llegamos al acceso de este pequeño jardín que no alcanza las dos hectáreas y que por su situación en el interior de una manzana no se adivina su presencia. Cruzamos por una pequeña puerta a través de unas casas tapón, pienso y seguro que sin mucho margen de error que en algún momento de su pasado las tripas de la manzana estarían llenas de huertas para el abastecimiento del caserío próximo o tal vez de su barrio, de esos que aquí se conocen como Katras; aunque como su propio nombre nos indica que cuando ocurrieron los graves sucesos del 13 de abril de 1919 que le dan sobrada fama, ya era un jardín o bagh como lo llamaban los mogoles.

el pozo en el que sucumbieron tantos inocentes

Quien diría que hace ya casi un siglo que un numeroso grupo de 15.000 personas, entre sikh, musulmanes e hindúes se reunían aquí, en los jardines de Jallianwala para celebrar la fiesta sikh del Vaisakhi, conmemorando el establecimiento de la Kalsha, que coincide con el año nuevo en las otras confesiones. Lo que era un acto festivo se convirtió en una tragedia cuando el ejército disparó contra la multitud. La crónicas de la época cuentan que fueron diez los interminables minutos los que tardaron los soldados en agotar sus cargadores, 1.650 balas dirigidas hacia las pocas salidas en las que la multitud se atropellaba intentando escapar. El Jardín fue rodeado por todos lados por casas y edificios y sus accesos a través de calles entradas estrechas, la mayoría fueron bloqueados; la entrada principal era relativamente amplia, pero permanecía custodiada por las tropas respaldadas por vehículos blindados. Muchas personas murieron en la estampida, queriendo huir por las angostas puertas, algunos se ahogaron al saltar al solitario pozo tratando de escapar de los disparos, una placa menciona que 120 cuerpos fueron sacados del pozo. Los muertos se contabilizan según las fuentes, para los británicos y Congreso Nacional de la India, de 379 a 1000; los heridos entre 1.000 a 1.500. La brutalidad de la acción sorprendió al país generando una desconfianza total en un gobierno que no olvidemos era extranjero. Este triste acontecimiento conocido también como la masacre de Amritsar para muchos marca el final del dominio británico en la India.

 

Lo que ocurrió no es más que la consecuencia de los brotes violentos que jalonaron la independencia del país. El comienzo de los mismo se sitúa allá por 1857 cuando se pierde el primer asalto en la conocida como Rebelión de los Cipayos y crece el recelo mutuo entre los colonizadores y el pueblo nativo y la convivencia se vuelve cada vez más difícil, situación que no terminará hasta la definitiva consecución de la Independencia en 1947. En este periodo el gobierno colonial tomó la que a la postre fue su medida más dura: la promulgación en marzo de 1919 de la Ley Rowlatt, que legitimizaba a los británicos a atajar “con cualquier método” los intentos de sedición o conspiración. Tanto que hasta Mahatma Gandhi y su Movimiento pro Independencia llamaron al pueblo a la protesta, logrando una respuesta sin precedentes, especialmente virulenta en el Punjab. La situación se caldeará aún más cuando un día después, una misionera y maestra inglesa, al regresar a su casa es arrollada y muerta en un tumulto callejero; las represalias llevadas a cabo por el General de Brigada Reginald Dyer resultaron brutales. El 10 de abril, ante el aumento de la tensión en todo el Punjab los populares líderes Satya Pal y Saifuddin Kitchlew son detenidos por el Gobierno en Amritsar, una protesta se realiza de forma espontánea e inmediata en la residencia del Comisionado Adjunto de la ciudad para exigir su liberación, la actuación violenta de piquetes provoca fuertes disturbios y posteriores represalias gubernamentales contándose por decenas los muertos. El fatídico 13 de abril, el Gobierno decreta la ley marcial prohibiéndose las reuniones de más de 4 personas. El General Dyer convencido de que se produciría un gran levantamiento, cuando se entera de que había una reunión en Jallianwala Bagh se presentó con cincuenta fusileros a sus órdenes y…, el resto de la triste historia ya la sabemos.

las marcas de los disparos, testigos mudos de la Masacre

Por si no fuera bastante, a la ineficaz investigación se le unen los iniciales elogios de la Cámara de los Lores al Coronel Dyer. La rabia generalizada refuerza el movimiento de No cooperación liderado por Gandhi. En las Islas se abre un duro debate por la actuación de Dyer, Churchill condena abiertamente el ataque, al que considero en su discurso en la Cámara de los Comunes como “uno de los peores atropellos de toda nuestra historia”. En octubre el Gobierno Británico de la India nombra una comisión de investigación sobre los sucesos del Punjab conocida como Comisión Hunter, (nombre de su presidente). Dyer declaró a la Comisión que a las 12:40 del mediodía del 13 ya tenía conocimiento de la reunión en Jallianwala, pero que no trataron de impedirlo. Declaró que había ido al bagh con la intención deliberada de abrir fuego si encontraba la multitud reunida allí: «consideré que era mí deber». Su intención había sido infundir terror en todo el Punjab para reducir la moral de los rebeldes. Mientas muchos querían castigar al general, otros ensalzaban sus actos como heroicos en la salvación del Punjab. Irónicamente fue luego puesto en libertad el 8 de marzo de 1920, muriendo enfermo en 1927. El 13 de marzo de 1940, en Londres, el activista e independentista indio Udham Singh, herido en los jardines de Jallianwala, disparó y mató a Sir Michael O'Dwyer, el Teniente Gobernador británico del Punjab instigador y principal apoyo de Dyer, quien además consiguió que el virrey Señor Chelmsford impusiera la ley marcial en Amritsar y otras áreas.

 

Este curioso jardín se rediseño a mediados del siglo pasado por el arquitecto estadounidense Benjamín Polk (1916−2001) también autor de la escultura en forma de ¿quizás llama? que preside un estanque circular al final del paseo central. En una placa reza que fue inaugurado el 13 de abril de 1961 por Rajendra Prasad entonces presidente de la India en presencia de primer ministro Pandit Nehru y otros líderes. Años más tarde se le añadió un templete en cuyo centro, en un pebetero de cobre pende una llama en honor a los muertos y en el que la reina Isabel II en la visita que realizó al país el 13 de octubre 1997 se descalzó para depositar una ofrenda floral y guardar un minuto de silencio; por primera vez, quizás un poco tarde, refiriéndose a la masacre dijo: «no es ningún secreto que ha habido algunos episodios difíciles en nuestro pasado, pero la historia no se puede rescribir, por mucho que a veces podríamos desear otra cosa. Tiene sus momentos de tristeza, así como la alegría. Debemos aprender de la tristeza y construir sobre la alegría».

monumento a los caídos realizado por Benjamín Polk

Siguiendo las indicaciones de Marco, en vez de acercarnos al monumento por el paseo central tomamos por un camino serpenteante, sale a la derecha del templete del pebetero y se va arrimando a las distintas medianeras quizás pretenda honrar múltiples impactos de balas que se pueden observar en sus humildes paredes de ladrillos en carne viva, testigos mudos son resaltados mediante unos cuadraditos blancos, a veces están protegidos con unos vidrios. El jardín está bastante concurrido, la mayoría son indios nativos, sijs y de otras confesiones que se acercan a rendir tributo a los mártires de la Independencia. Llegamos a la glorieta con esa extraña escultura que diseño Polk, si no fuese de color de las placas de arcilla que le dan forma parecería que nos acercásemos a una enorme lechuga amarrada (y más si fuese verde), ni el estanque vacío que la preside logra darle vistosidad. No obstante, una familia aprovecha para retratarse a su sombra, ocasión que aprovecha Francisca para dedicándole una de sus sonrisas retratarse con ellos, a lo que amablemente acceden. Continuamos por otro camino en el que vemos más restos de disparos, es verdaderamente estremecedor pensar lo que pudo haber ocurrido allí. Nos acercamos al brocal del pozo en el que cuentan las crónicas que murieron tantas personas, heridas y ahogadas, otras aplastadas al huir despavoridas del atronador zumbido de los fusiles, perece conservarse tal cual, recordando a tantos que cayeron bajo la ira de Dyer. La nota simpática o tal vez ridícula la ponen unas figurillas de alambre que se recubren penosamente de enredaderas y que imitan a soldados disparando a modo de topiarias.

 

Ya cerca de la salida cuando se iba reuniendo el grupo, observo como otros visitantes entran y salen de una pequeña construcción a la que me acerco, Marco el cejo fruncido requiere mi presencia, la impaciencia nuevamente me llama. Es una sala cuyas paredes están decoradas con pinturas alusivas a la masacre, algunos paneles indicativos recuerdan los hechos. No es que fuera gran cosa, pero me pareció interesante compartirlo con el grupo y aunque el guía que siempre va mirando el reloj me pusiese mala cara, conseguí que se acercaran a aquel lugar en el que quizás resultase más conmovedor ver las expresiones de estas gentes que se sienten claramente agredidos por el pasado.

las extrañas topiarias de Jallianwala Bagh

Volvimos a la calle, a recorrer aquellas aceras de la GN7 que ya comenzaban a resultarnos familiares, dirección Este hacia la avenida de circunvalación del centro histórico, en el tramo urbano de la NH15. Incluso en el mismo lugar, cerca de la glorieta, allí encontramos al bus, ya direccionado hacia el Norte. Previo protocolario recuento, en marcha sin tiempo que perder, buscaba el paso elevado sobre el ferrocarril para poder cruzar a los barrios del Norte, tras un breve trayecto a la izquierda por Cooper Rd para girar suavemente por la Avenida Court Rd, ahora Ajnala y cuya prolongación es la NH25 que llega hasta el Aeropuerto. Recorreríamos unos tres kilómetros hasta alcanzar un punto intermedio entre nuestras dos próximas visitas, en un apropiado y cómodo aparcamiento para nuestro vehículo.

 

Primero nos acercamos al templo hinduista de Durga Mandir, un santuario moderno cuya propia localización ya nos lo indica, su construcción no sobrepasará varias décadas. La imaginería y recorrido por su interior en un edifico que en nada se parece a todos aquellos templos que hemos visto a lo largo del viaje, aunque eso sí, los fieles se acercan con la misma devoción, intacta e inimaginable, y no quiero resultar irrespetuoso, pero sus figuras me recuerdan y me resultan tan parecidas a las de cabalgatas de reyes magos, a fallas o procesiones de gigantes y cabezudos, que el refinamiento de la piedra parece haber dejado paso a otras técnicas más modernas. La visita fue rápida, nos reagrupamos en el acceso para seguir a Marco al siguiente templo, que se encuentra en este mismo katra o barrio conocido como Rani ka Bagh, a unas tres manzanas hacia el Sur, a tan sólo unos 500 metros que haríamos dando un paseo, dijo que no valía la pena mover el autobús y buscar un nuevo aparcamiento para tan leve trayecto.

la santona Mata Lal Devi Ji, foto de Toño Gómez

En el extremo Oeste, en una de las calles que bordea el Parque Shivaji, aparece una barreduela muy concurrida con tiendecillas en ambas fachadas, al fondo en un pórtico de entrada coronado por un grupo escultórico, una mujer sentada sobre un león porta el tridente de Shiva, obviamente es Parvati, a ambos lados es escoltada por otros dos leones; es el acceso a un singular templo que desarrolla en altura al ocupar una pequeña parcela de 25x10 metros (GE 31º38’13.21N − 74º51’38.56E, elevación 231m). Es un lugar muy curioso y si no es por las indicaciones de Marco que nos pidió que lo siguiéramos, no se cuanto tiempo habríamos tardado en encontrar el laberinto de rampas, túneles y escaleras que recorren su indefinido vientre interior. Se van enlazando capillas, cada una distinta de la siguiente, cuajadas de abalorios, espejitos, cuadros, figuras, jarrones esculturas, flores, y más, todo de un colorido y brillo abrumador; los largos pasillos dan lugar a grutas en las que discurre el agua y en las que hay que agacharse para no dar con la cabeza en las figuradas formaciones rocosas de cartón-piedra; la impresión de mojarse los pies, el cruzarse apretados con otros visitantes y la sensación de no comprender nada son suficientes para que todo resulte atractivo, nos topamos con Toño, nos miramos, reímos y nos hacemos unas fotos en un lugar que, ante la irreverencia de ateo, podríamos pensar que se trata de un parque de atracciones místico.

 

Difícil lo he tenido para encontrar referencias de este templo, pero en la red tarde o temprano se encuentra todo. Y la primera pregunta que surge es ¿quién es esta señora mayor con enormes gafas de pasta, que tan repetidamente aparece en los altares, diría qué con la categoría de diosa mortal? Respuesta: es Mata Lal Devi Ji considerada como una mujer santa, como no podría ser de otra manera. Su biografía sitúa su nacimiento en la vecina ciudad paquistaní de Lahore en 1923, muy joven se traslada a Amritsar, en 1947 cuando se estableció la frontera definitiva entre los dos países que se disputan el Punjab. Entre sus devotos es conocida popularmente por “Pujya Mata Ji”, en referencia al ser iluminado y dotado con grandes poderes celestiales que dicen se apreciaba ya desde su nacimiento. Pronto fue considerada una santidad y la gente comenzó a pedir su bendición; respetada brahmachari o monje célibe se dedicó a la meditación, cuentan que su única alimentación era fruta y leche, alcanzó el nirvana con 70 años.

galerías de espejos en el templo de Mata Devi Ji

El templo que ella misma erigió tiene sus orígenes en una humilde casa de madera que Mata Ji construyó en 1956; según su propia página, después de purificar el suelo la llenó con figuras de distintas deidades conforme a ritos védicos, se sentaba en un gran sillón en el centro e impartía la bendición a los fieles que se acercaban a diario a verla, que crecían y crecían rápidamente en número. Otro de los atractivos es la creencia que tienen las mujeres, cuando desean tener hijos vienen a rezar a este santuario. En general es un importante destino de peregrinación para los devotos hinduistas, atrae a multitudes desde lugares remotos y cercanos que quieren sentir la presencia de esta gran dama piadosa. La edificación fechada en 1989 es relativamente reciente, se concibió como réplica del Santuario de Vaishnodevi dedicado a Shakti, la Gran Madre, o personificación femenina de Shiva, ubicado en Jammu, en las montañas Tributa. Y no fue el único, la Santona Lal Devi erigió muchos otros, cada vez que levantaba en una ciudad un templo tomaba como réplica los grandes santuarios de la India. Para nosotros curiosos turistas y viajeros, la visita a este peculiar lugar es una buena oportunidad para observar las costumbres religiosas y el estilo de vida de estas gentes.

 

Dentro de la iconografía de este abigarrado lugar amén de la señora Mata Lal Devi Ji que aparece en incontables ocasiones, encontramos a los dioses más queridos por los indios, desde Hanuman el mono fiel compañero de Rama en el Ramayana, avatar de Shiva y Vishnú o, también como Panchamukha Hanuman o las cinco caras del dios mono; quizás el más popular de todos, Ganesha el hijo de Shiva y Parvati, dios de la inteligencia y la sabiduría. No pueden faltar las deidades de la trimurti, Vishnú, Shiva y Brahma, así como sus respectivas consortes: Vishnú dios Preservador en la modalidad de la bondad o; Narayan su reencarnación humana; como Ram Darbar o señor Rama, avatar de Vishnú nacido en la India para librarla de demonio; Shiva, el dios Destructor en la modalidad de la ignorancia; Laksmí, consorte eterna de Vishnú, diosa de la belleza y buena suerte y riqueza; Parvati, esposa de Shiva y madre de Ghanesa; Meenakshi, avatar de Parvati y hermana de Vishnú; Kali, diosa negra (sedienta de sangre), consorte de Shiva, su shakti o energía; Durga, la suprema diosa radiante, la inaccesible o invencible; Tirupati Balaji una de las formas de Vishnú, su forma suprema es Venkateswara; Saraswati, la diosa del conocimiento, amor y espiritualidad, esposa o hija, o ambas de Brahma. Por supuesto muchas figuras referencias del queridísimo Krishna como Radha Krishna, octava encarnación de Vishnú o; Dvarika Dheesh, Krishna en la ciudad de Dwarka (Gujarat), su antiguo Reino; en Gopal como Krishna niño o; Vithall Nath o Vithoba, manifestación de Vishnú o o reencarnación de Krishna con su esposa Rukmini y; Jagannath Dham, señor del Universo.

sala de rezos del templo de Mata Lal Devi Ji, foto de Toño Gómez

Además de las deidades encontramos referencias a los textos védicos en cuadros y murales o imágenes de Valmiki, Buda e incluso algún Tirthankara jainista, entre ellas: Dakor Ji, el señor Shree Ranchhodraiji de Dakor en Gujarat; el Akhand Jot, quemador de incienso, ghee o flores utilizado en las pujas; Kedar Nath Ji, shivalingam de la luz o yiotir linga; una figura de Budhha (s. VI a V aC.), sabio e iluminado fundador del budismo; del sabio poeta Balmiki (siglos III a I aC.), majarishi autor de la epopeya Ramayana; Gorakh Nath Ji (s. XI), yogi conectado a la secta shivaita, venerado en el budismo tibetano y; Shankracharya (s. VIII), gurú y pensador indio que consolidó la doctrina aduaita vedanta.

Por último y antes de dejar este lugar mencionar algunos vocablos que aparecen con frecuencia como: Maa o madre o imagen ilusoria; Shri, san, santo o santa; Deví o diosa, sinónimo del aspecto femenino de la divinidad; Ji, sufijo que denota honorífico y; Nath, señor protector y refugio.

 

Nos reunimos a la salida y de nuevo el bus nos acercó a la ya tan común ronda de circunvalación del centro histórico, no muy lejos nuestro guía había concertado con un buen restaurante la reserva para nuestro almuerzo. Como en otras tantas ocasiones resultó bastante acertado el local, en este caso era un negocio bastante exclusivo, parecía que los comensales pertenecieran a la clase burguesa de la ciudad; buenos platos y buen ambiente. Finalizábamos cerca de las cuatro de la tarde cuando nuestro vehículo ya nos esperaba en la puerta, dispuesto para el traslado a la frontera con Pakistán, nuestra última visita en Amristar.

diosa Maa Kali en el templo de Devi Ji, foto de Toño Gómez

Resultaba familiar, ¿volvíamos a Mata Devi?; al final del puente sobre las vías del ferrocarril giramos a la derecha, por una amplia avenida, recta como pocas, cruzábamos la ciudad de Este a Oeste, hasta alcanzar una glorieta dominada por la estatua ecuestre de Sham Singh Attariwala, el que fuese ministro de Ranjit Singh, allí enlazamos sin perder la dirección con la gran carretera nacional GT Road o el “Camino de Tronco Magnifico” importante vía que cruza India y Pakistán hasta llegar Kabul en Afganistán, el trazado indio coincide con la NH1 y en particular a este tramo le añaden el calificativo “de Sher Shah Suri”; es una recta de 30 kilómetros muy transitada, camiones de gran tonelaje la recorren en ambas direcciones, el intercambio de mercancías unen ambos países, regiones que tiempo atrás fueron el único Punjab indio paquistaní y que quedó definitivamente dividido en dos en 1947 con la Independencia por la llamada línea Radkliffe. Cruzábamos fértiles campos, una cuadricula de predios verdes y pardos, de plantaciones salpicadas de tractores que laborean esta prospera llanura; hacia nuestro destino, el puesto fronterizo, nos avisan que el cambio de guardia frente a la misma “verja” es espectacular, de un lado indios y muchos curiosos turistas llegados de Amristsar, del otro paquistaníes de la cercana y vecina Lahore que queda al otro lado a escasos 20 kilómetros hacia el Este.

custodia de la Línea Radkliffe

FRONTERA INDIO-PAQUISTANÍ

 

Casi a mitad del trayecto paramos en el peaje de la autovía, quizá sin mucha explicación ya que no corresponde a un cambio de estado como en otras muchas ocasiones. A mediada que nos acercamos a la frontera aparecen casas aisladas y algunas instalaciones al parecer militares, diseminación se va concentrando en las cercanías; lo que aquí se conoce como Wagah no es más que la réplica urbana la pequeña aldea de Wahga que quedó en suelo paquistaní cuando se dividió esta basta región en dos, ambas poblaciones viven gracias al ajetreo que se forma diariamente en el puesto fronterizo y sus aledaños. El autobús quedó aparcado en una explanada acondicionada al efecto para los muchos grupos que se acercan exclusivamente a presenciar el cambio de la guardia. El camino se encuentra muy animado, salpicado de chiringuitos que acuden voraces al trasiego de tantas gentes, venden bebidas (refrescos y agua), en otros asan amarillentas mazorcas de maíz, o como no otros muchos exponen el usual surtido souvenir. La multitud acelera intuitivamente el paso en busca de una buena localidad. Se nos acercaron unos jóvenes que nos ofrecían banderitas de plástico con la enseña nacional por unas rupias, adquirimos un par de ellas, Francisca se la colocó a modo de peineta y caminaba entre sonrisas de propios y extraños, una estampa encantadora como muchas de las que ha propiciado en este viaje con exuberante naturalidad. Llegamos a una portada que separa los cien metros lisos en los que se realizan los eventos del cambio de guardia, torcimos a su izquierda justo por detrás del graderío que mira al corredor; habíamos dejado atrás controles militares, dobles y triples alambradas, torretas de iluminación y alguna de vigilancia con modernas cámaras destinadas a escudriñar el espacio limítrofe, es obvio que pese al aparente acto festivo al que nos encaminábamos, la vigilancia del cordel Radkliffe no se descuida.

 

Llegamos a nuestro destino, nos acomodaran en unas abarrotadas gradas en las que tuvimos que esperar cerca de 20 minutos al comienzo del exótico cambio de guardia, convertido en toda una tradición e incluida en cualquier circuito turístico que se acerque a Amritsar. Tanto tiempo dio lugar para muchas e interesantes observaciones. La fiesta que se produce a ambos lados de la línea dispone de amplios graderíos al efecto, calculo en varios los miles de personas que presenciábamos el acto; desde mi atalaya observo como los nativos de ambas nacionalidades se interpelan con fuerte griterío, son emocionantes las carreras que en mayoría los indios dan en los cien metros lisos enarbolando grandes enseñas nacionales jaleados por sus fervorosos compatriotas; en otras ocasiones son grupos de jóvenes los que saltan a la pista y bailan animados por la multitud, acompañados por las soflamas nacionalistas de un speaker, suenan por unos cuantos de altavoces estratégicamente colocados cánticos ininteligibles a nuestros oídos occidentales. En el otro bando son muchas las mujeres paquistaníes, de todas las edades, las que divisan a lo lejos luciendo el inequívoco velo musulmán, la fe imperante de los vecinos, contrasta frente a la mayoría de varones de nuestro bando, los indios son sijs o hinduistas.

carreras enarbolando la enseña nacional

En los 66 años de existencia de la frontera éste ha sido básicamente el único paso entre ambos países, hasta 1999 no se habilitó un segundo paso terrestre en Aman Setu en Cachemira, años en que la comunicación entre las dos grandes ciudades del Punjab, Amritsar en India y Lahore en Pakistán ha sido siempre dificultosa; pese a lo concurrido de este acto es escaso el flujo de personas entre territorios antaño hermanos, incluso el transporte de mercancías es relativamente reciente, desde 2006. La frontera separa a dos estados cuyas relaciones no son muy cordiales, se han sucedido continuas guerras por los territorios de la limítrofe Cachemira y alardean continuamente con el amenazante armamento nuclear. Y aunque estemos esperando la celebración de un aparente show festivo, no puedo dejar de reflexionar en los conceptos que van unidos irremediablemente a este tipo de lugares: fronteras, poderes fácticos, población civil, militares, nacionalismos, amenazas y división del territorio ¿no será todo esto un error? por mucho que se revista de humanidad ¡aparente y ficticia! La imagen de los dos soldados, un indio y un pakistaní dándose la mano en la frontera al final me recuerda aquella historia que se cuenta sobre el hombre prehistórico, en alguna ocasión oí que cuando uno se topaba con un posible enemigo se cogían las manos, sabían que por lo memos esas dos estaban controladas. Estos actos de fuerza en nada hacen honor al que fuese el más venerado líder de la patria india, Gandhi.

soldados indios del cambio de guardia fronterizo

Parece que se está acercando la hora. Delante de las construcciones de militares frente nuestro graderío se encuentran los soldados engalanados, entran y salen continuamente, se preparan para el cambio; al otro lado de la verja también comienza a haber movimiento, todo está preparado. Son curiosos los uniformes de ambas guardias, muy parecidos, se distinguen sus diferentes colores; lucen tocados a modo de crestas confeccionados con abanicos, rojo con bandas amarillas los de aquí y gris oscuro con bandas blancas y un atañido rojo los vecinos. El uniforme indio es de color caqui, unos pantalones tipo pirata con unas polainas blancas en sus bajos que ocultan desde la espinilla a los tobillos de las botas y una camisa de manga corta del mismo color, el conjunto se adorna con un fajín y un pañuelo al cuello de bandas rojas, negras y amarillas. El paquistaní es de un gris muy oscuro, consta de pantalón hasta el calzado y tres cuartos de manga larga, aderezados con fajín rojo y sobre él un cinturón militar de loneta y hebilla metálica y pañuelo rojo al cuello con finas listas blancas.

soldados paquistaníes del cambio de guardia fronterizo

De pronto salen dos soldados de la construcción más alejada de la frontera, quizás buscan una gran amplitud escénica; recorren casi la totalidad de la pista a un paso acelerado, al llegar a la cancela aún cerrada, cada uno gira hacia una esquina y se vuelven para quedar mirándose, es la primera vez que alzan las piernas con el famoso paso de la oca; salen otros seis, toman la misma dirección, con el mismo paso acelerado y moviendo los brazos exageradamente en ambas direcciones, ¡no! uno de ellos se va frenando y queda en el centro; los cinco llegan a la puerta, se giran para volver y de espaldas a nuestro graderío para quedar a la espera de las indicaciones del primero, obviamente el jefe de la guardia, se presentan ante él dando unos fuertes zapatazos en el suelo, levantan las rodillas como los caballos jerezanos. Me imagino que se estarán comunicando “novedades”. Miro hacia la verja y ahora está abierta, no me he dado cuanta cuando ha ocurrido, al otro lado también se encuentra la guardia operando de similar manera, yo bastante tendré con fijarme en estos.

arriado de las banderas de India y Paquistán

Afortunadamente no abusan del paso de ganso, el paso militar indio de caracteriza por la rapidez, amplitud de zancada y braceo acorde a esos movimientos; cuando paran zapatean giran bruscamente y zapatean, es en estos giros cuando alzan las piernas hasta las caras de los soldados con quien cambian el servicio, mezclan el paso de la oca con el zapatazo, con un giro de una pierna hacia afuera y con un saludo militar con la palma de la mano hacia la cien. Utilizan de un modo ágil el a veces peyorativo“paso de ganso u oca”, aquel desfile militar que creó en el siglo dieciocho el ejercito prusiano y que actualmente está extendido en muchísimos países, generalmente para actos ceremoniosos como éste, aunque lo cierto es que tiene cierto tufillo a totalitarismo, quizás por el uso exacerbado que hicieron nazis y comunistas de él, aunque personalmente a nosotros dos nos recuerde más, desde el repicar de los zuecos en la Plaza Sintagma de los soldados de gala de la guardia griega que vimos haya por 1991, e incluso a los saltos y bailes a la pata coja de algunos guitarras roqueros, sin olvidar el preciosita baile de los caballos jerezanos en la Real Escuela de Arte Ecuestre que ya mencioné antes, o como no a lostremendos y amenazantes martillos que ilustran el film del “Muro” de Pink Floyd, sin doblar las piernas y alzándolas, dando fuertes zapatazos.

recuerdo del cambio de guardia en la frontera

Comienza el “cambio de guardia”, el primero de los soldados da dos pasos frente a su superior, se gira y sale paso rápido y marcial hasta la verja, se para, saluda al enemigo y se gira para quedar a la izquierda, de lado, mirando al que imagino será el oficial de la guardia saliente; la misma operación la realizan sucesivamente sus otros cuatro compañeros; en la puerta y enfrentados a los paquistaníes realizan ambos nuevas muestras de poder, con esos pasos entre acrobáticos, marciales e incluso cómicos, se saludan y suenan cornetas, arrían las banderas suave y ceremoniosamente, doblan cuidadosamente las enseñas, para finalizar dos soldados se dan la mano y cierran las puertas, dos por cada lado, como parecía obvio y debía ser, cuatro soldados acompañan la bandera al centro para dormir en las dependencias de la guardia, nuevamente el speaker a píe de pista ha salido a jalear micrófono en mano a un público local enardecido. Es sorprendente como dos países con disputas históricas tan sonadas son capaces de realizar este tipo de acto militar de una forma conjunta y de forma tan cordial, curiosa desde un punto de vista folclórico y cultural. A la postre un espectáculo festivo, capaz de atraer al turismo y generar riqueza para las economías locales. Como ya es tradición, las puertas se han cerrado a las 5 en punto.

 

Oscurece rápidamente, terminamos acercándonos a los guardias que acceden a ser captados en imágenes que irán a los más recónditos lugares del mundo. Como al final de cualquier espectáculo, todos queremos regresar corriendo a nuestras casas, Marco como buen pastor nos busca, nos agrupa y nos cuenta, caminamos distraídos inmersos en el bullicio, comentando lo estrambótico del espectáculo que hemos presenciado, sin dejar de ver constantemente a militares armados hasta los dientes y seguro que observando a la multitud en busca de sospechosos. El autobús nos espera y aunque llegamos dispersos, somos de nuevo contados y no falta nadie, en nuestros asientos y mientras el traqueteo del bus nos mece y relaja, repasamos las fotos aún sorprendidos. En una hora llegamos al MK Hotel. Mientras acompañados de Toño fumábamos unos cigarrillos en la terraza llegó Marco para indicarnos que teníamos que estar a las 5:00 de la mañana puntuales en el hall, −el tren a Delhi sale a las 6:00 y no espera−. Pensamos que qué menos que una ducha y preparar los equipajes sin prisas, optamos por no cenar e ir a dormir lo antes posible. Mientras Francisca se duchaba y yo preparaba la maleta picaron la puerta, al abrir me sorprendió ver a Marco, me tendió la mano y me entrego una pequeña daga sijs en una funda de madera, me dijo que era un regalo, una verdadera satisfacción recibir de él un kakars de fe de la vestimenta sij, un kirpan o daga, usual fuera del Punjab, aquí es más del gusto la o espada curvada.

en el tren de vuelta a Delhi

Repasaba un día tan intenso, el Templo Dorado, el comedor de la Gurdwara, Jallianwala, Mata Devi y el Cambio de Guardia, un tremendo calidoscopio de imágenes que paseaban por las paredes de mi mente con los ojos cerrados, cuando parecía caer en los sueños de Morfeo sonaba el teléfono de la habitación, medio dormido levantaba el auricular para gruñir y oír una educada decir “five o’clock sir”. Puntuales y callados esperábamos en el hall al último, como no, nuestro guía salía del comedor con un empleado con unas cajitas para el desayuno. A la 5:00, noche cerrada y estrellada, esperábamos en la vetusta Amritsar Railway Station nuestro tren.

 

Como ya nos puso sobre aviso, la partida fue puntual, el grupo quedó ubicado en el mismo vagón, nosotros dos, próximos a la salida trasera de enlace con la siguiente unidad. Lentamente comienza el traqueteo y vamos tomando velocidad. Nada más iniciar la marcha un chico del servicio se acerca por el pasillo con un carrito repartiendo nuevas cajitas con desayunos, en este caso nos ofrece occidental o hindi, optamos por el primero y entra ambos escogimos las piezas más sabrosas, pollo con arroz, fruta, unos yogur y agua. El trayecto lo realizamos en un buen tren expreso y en primera clase, 277 millas, unos 450 kilómetros. Comencé anotando las múltiples estaciones en las que se detenía, observando el trasiego de pasajeros, unos que llegaban a su destino y otros quien sabe dios a donde se dirigían; y seguro que se me habrá quedado alguna atrás. La primera en la que paramos fue Jandalia, la siguiente, la estación de Beas en Wazir Bhullar, después Jalandhar, en Phagwara Junction cuando ya comenzaba a clarear, siguió Goyara, Phillaur y Ludhiana Junction, en Rajpura Junction, Ambala, Shahbad y Kurukshetra Junction, en Nilokheri Twonship, Taraori, Carnal Railway Station y Gharaunda, en Panipat Junction, en Samalkha, Ganaur Railway Station, Sonepat y Narela, para llegar al área metropolitana de la capital y realizar las últimas paradas en Badli y Subzi Mandi. Nos apeamos sobre las 11:00 en la Old Delhi Junction, el convoy seguiría su paso hasta la estación de Dadar en Mumbay, lo que supuso estar alerta para no perder el equipaje y que nadie se quedara rezagado, Marco como siempre solicito a todo. En total 5 horas de trayecto que no resultaron pesadas, disfrutando de estos paisajes ya tan cercanos en nuestras memorias, y con la compañía de Toño, fumando esos cigarrillos que otros odian, contando historias divertidas en ese espacio tan agradable entre vagones en el que podíamos incluso abrir las portezuelas y ser bañados por el fresco aire de la mañana. Regresábamos a Delhi después de no se ya cuantos días, se brindaba ahora en Delhi la posibilidad de rematar la sucinta historia de los mogoles que voy trenzando.

 

 

Víctor Díaz López

Febrero de 2014

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